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sobre (el temor de) la enfermedad

Abril 28, 2009 · 4 comentarios

―y, ¿dónde está la enfermedad?

―¡pues en el aire, pendejo!

(conversación entre dos niños,

escuchada al paso)

hoja suelta del lunes 28 de abril, 1023 pm –a propósito del hecho de la paranoia colectiva, justificada o no según la existencia (aún, a lo menos y por muchas razones cuestionable) de la epidemia de influenza en el país, tengo algunas impresiones que resultan a la fecha precipitadas, innecesarias, irresponsables, frívolas, superficiales, tan parciales, comprensibles y sobre todo sintomáticas -en cualquier caso, se obvia, subjetivas.

regresé por la mañana de este lunes a Monterrey desde Guadalajara, donde había pasado la semana previa. al interior de la terminal de autobuses el tránsito humano lucía una disposición significativa: no es que la gente caminara más despacio, entre un individuo y otro mediaba un trecho inhabitual: mayor –y ejercido con más vehemencia desde los que ya portaban el cubrebocas.  en apariencia, al salir de la terminal la situación era la misma.

sin embargo, la amplitud del cielo de la mañana o la libertad y apertura de las calles, y la diferencia proporcional entre el número de la población de un lugar determinado como la terminal de autobuses al lugar indefinible que es la intemperie de la ciudad, sumado a la calidad de sujetos en tránsito del primero, y de residentes del segundo, reveló algunos matices sobre la exacerbación de la diferencia en una situación así

mi observación (y aquella de otro orden que la complementa, o de la que fui objeto) es inseparable de los datos siguientes: mi tráfico por la ciudad se redujo a las cercanías del perímetro de la terminal y durante él me abanderaban el lastrar con una maleta grande y mi apariencia desgastada por la acumulación de días sin cumplir con el horario básico de sueño y sí la acometida de algunos excesos festivos. es decir, era presumible que yo venía de fuera, y evidente que no lucía saludable.

en la calle la gente se alejaba más de mí, que de la mayoría del resto –o yo lo sentía así. a primera vista, tuve la impresión de compartir con los vagabundos, los discapacitados y las prostitutas de la zona la destinación extra de una distancia de por sí anómala en lo cotidiano, sobre todo en lo cotidiano de un área donde por lo regular nadie quiere permanecer (ese no-lugar se diría por ahí) pero por la que todos necesitamos pasar, un trecho donde los concurrentes se apuran unos a otros, se rebasan y, a veces, hasta se empujan.

en la tienda donde compré un vaso de café, el “¿es todo?” de la cajera fue pronunciado abriendo lo menos posible los labios, y una vez que advirtió que yo llevaba en mi mano abierta el costo exacto, tuvo ingenio para entretenerse en otra cosa hasta que yo entendí que  debía dejar el dinero en el mostrador, sin exponerla al riesgo de tocar sus manos.

salí con el café y me detuve cerca, para tomarlo y fumar.  ahí, corregí mi impresión sobre la destinación extra de exclusión que unos momentos antes creía compartir con aquellas minorías. la dosis de quienes de veras integraban estas fracciones aumentó. el mendigo que se acercaba extendiendo la mano pedigüeña, parecía (a juzgar por la premura con que le huían) acezar con este movimiento la agresividad de un perro invisible y feroz.

(él había estado acercándose a objetivos visiblemente más capacitados que yo para responderle, pero ante un desprecio mayor por parte de éstos y percatándose de que lo miraba, recorrió varios metros hasta mí sonriendo y me pidió, no dinero, sino un cigarro. se lo di, y yo también me fui de ahí).

cuando abordé la ruta para llegar desde ese punto hasta casa, no estaba llena como de costumbre; la ocupación de los pocos asientos atendía a una disposición semejante a la que mantenían entre sí los transeúntes en las calles. de pronto, alguien en la segunda hilera de butacas estornudó. y alguien de las últimas se apresuró a decir “¡salud!”. sin embargo, más que un dejo de protocolo o el cariz de un deseo, la expresión poseía la rigidez ofensiva de lo imperativo (se oía como se oye una orden) y la mezquindad (triste) del dedo delator.

*

glosas –por la tarde recordé unas líneas de Bataille que evocadas en otras ocasiones me han parecido, a lo menos, verosímiles.

Los hombres se desconocen en el bien y se aman en el mal. El bien es la hipocresía. El mal es el amor. La inocencia es el amor del pecado.

a priori, y en su proporción, pensé que situaciones pequeñas como las que observé  esta mañana desmentían este supuesto de Bataille, el cual es poco (pero aún) esperanzador. en concreto, pensé: los hombres se desconocen en el bien y también en el mal; si Bataille sugería que la catástrofe, reuniendo a las personas aunque fuese en contra de ella, o la emparentación de la enfermedad en común, lograban alguna cercanía…  nada: ni eso siquiera.

enseguida pensé un poco más y, también, me reí de mí -o lo quise. luego afirmé, actual, que esto no era una catástrofe, sino (al menos así sentida) la amenaza de ella. con la pregunta de la tercera reacción (¿ejercía la condición de hecho o la de posibilidad una diferencia verdadera?) me han venido muchas más –entre ellas si la hiperrealidad de la posibilidad, el ejercicio activo de la ficción, no convierte a la paranoia en el desastre mismo.

*

martes 28 de abril, 0139 am –a esta hora en que voy a cerrar el texto siento la inclinación visceral (o la intuición) por que sea en la última parte de la frase de Bataille

La inocencia es el amor del pecado.

en la que yace  (de haberlo ahí) algo de respuesta para la cuestión que he tratado de nombrar.

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“influencia”, por charly garcía

Diciembre 29, 2008 · Dejar un comentario

influencia

puedo ver y decir,
puedo ver y decir y sentir:
algo ha cambiado.
para mí no es extraño.

yo no voy a correr,
yo no voy a correr ni a escapar
de mi destino.
yo no pienso en peligro.

si fue hecho para mí
lo tengo que saber.
pero es muy difícil ver,
si algo controla mi ser.

en el fondo de mí,
en el fondo de mí veo temor
y veo sospechas
con mi fascinación nueva.

yo no sé bien qué es,
yo no sé bien qué es.
vos dirás: “son intuiciones”,
verdaderas alertas.

debo confiar en mí,
lo tengo que saber.
pero es muy difícil ver,
si algo controla mi ser.

puedo ver y decir y sentir
mi mente dormir
bajo tu influencia.

una parte de mí,
una parte de mí dice -¡stop!
fuiste muy lejos,
no puedo contenerlo.

trato de resistir,
trato de resistir
y al final no es un problema.
qué placer esta pena.

si yo fuera otro ser
no lo podría entender.
pero es muy difícil ver,
si algo controla mi ser.

puedo ver y sentir y decir:
mi vida dormir,
bajo tu influencia.

¡esta extraña influencia!

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