Entradas clasificadas como ‘ejercicios de admiración’
concluímos el ciclo: muchas gracias
Diciembre 13, 2009 · Dejar un comentario
Categorías: ejercicios de admiración
Etiquetado: daniel de la fuente, edgar favela, felipe montes, iván trejo, jorge saucedo, la antología del lector, leticia saucedo, loreto alonso, marlen danlhi, poesía en vivo, rodrigo guajardo, román cortázar
la antología del lector: rg
Noviembre 21, 2009 · 2 comentarios
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(poemas leídos en la apertura del ciclo “la antología del lector”, de poesía en vivo, el 13 de noviembre en la casa del árbol. compartí la sesión con iván trejo; pero éstos son los poemas que yo escogí –de último momento, he añadido una nota al final)
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la música callada,
la soledad sonora
San Juan de la Cruz, “Cántico espiritual” (España: 1532-1541)
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*Guillermo CARNERO (España: 1947)
Les charmes de la vie
Watteau
Que no turben las aves el crepúsculo.
Va a comenzar el vals. Que todo quede
en tinieblas. Que las sedas oculten
las abiertas ventanas, y que alguien desenlace
los gruesos terciopelos. Nada debe
amenazar el flujo de la música:
ninguna arista o mármol o pájaro dormido.
Que nada permanezca. Sólo el aire
ilumine las fuentes ocultas de la noche,
difunda en las estancias un resbalar de remos
en los estanques, prenda el roce de las hojas
que desordena el viento entre las alamedas,
apague los destellos sobre los ventanales,
que las cortinas pongan su caliente aleteo
sobre cada cristal para que los espejos
no descubran de dónde brotan los surtidores,
para que no resbalen hacia las balaustradas
las serpientes del agua, para que en la penumbra
los colores del mármol y de los terciopelos
desprendan un ingrávido gorgotear de luces
y así, por un redondo laberinto de cauces
poco a poco la música, brotando de la oscura
transparencia del aire, irrumpa desde cada
cristal amortajado, desde cada moldura,
libere sobre el musgo las voces de la noche
para que en el silencio girando las corrientes
heladas, ni los dedos ni la curva del torso
de la estatua disientan de la inmóvil presencia
de los vasos que oprimen en las encrucijadas
un puñado de inertes raíces sumergidas.
Anacreonte supo renunciar a casi todos los mitos de su tiempo:
patria, fama, triunfo, dignidad de soldado,
respeto hacia los muertos y amistad con los dioses.
¿Cómo no serenarse si todo está perdido?
Las montañas azules, a lo lejos, van siendo lamidas por la sombra.
Dibuja los contornos de las torres lejanas
la palidez helada de un viento submarino,
iluminando el brillo de los ojos, nítidos y cercanos
pero imposibles, como el rastro de umbría verdura que sugiere
el escondido cauce de un río subterráneo.
Que resuene el laúd, porque las voces
quebrarían el aire de la tarde.
Que los dedos desaten, entre los encajes,
el unánime llanto de las cosas,
pero que nadie intente otra vez pulsar las raíces de la vida.
Con el sol poniente van a lanzar sus últimos destellos, sobre
las hojas amarillas,
las irisaciones de la música,
y los dioses silvestres convocan al silencio en la espesura.
Que nadie intente descubrir los sones
originarios.
La noche desciende
sobre las tazas de las fuentes mudas, como las hojas muertas,
y oprime con mano tibia los atributos de la música:
latón pulido de las cornamusas,
resonancias que cierran su corola junto a los bucráneos
festoneados de racimos y cintas.
Ahora resbala por las escalinatas
la múltiple aureola de las luces
(¿y por qué no subir, si todo está perdido?)
y se desgrana el vals entre las risas
mientras las lentejuelas de las máscaras
reflejan un brillante remolino de sedas,
como un enorme espejo alucinado.
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*Antonio GAMONEDA (España: 1931)
Te beberé el cabello
y cerraré los ojos.
Tú seguirás manando
tu cabello
turbio de besos.
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Estar en ti
Yo no entro en ti para que tú te pierdas
bajo la fuerza de mi amor;
yo no entro en ti para perderme
en tu existencia ni en la mía;
yo te amo y entro en tu corazón
para vivir con tu naturaleza,
para que tú te extiendas en mi vida.
Ni tú ni yo. Ni tú ni yo.
Ni tus cabellos esparcidos aunque los amo tanto.
Sólo esta oscura compañía.
||||||||||||||||||||||||||Ahora
siento la libertad.
|||||||||||||||||||Esparce
tus cabellos.
|||||||||||||||Esparce tus cabellos.
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*Fernando PESSOA (Portugal: 1888-1935)
Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río.
Sosegadamente miremos su curso y aprendamos
que la vida pasa, y no tenemos las manos enlazadas.
(Enlacemos las manos.)
Luego pensemos, niños adultos, que la vida
pasa y no queda, nada deja y nunca vuelve;
va hacia un mar que está lejos, cerca ya del Hado,
más lejos que los dioses.
Soltémonos las manos, pues no vale la pena cansarnos.
Gocemos o no gocemos, pasamos como el río.
Más vale saber pasar silenciosamente
y sin grandes desasosiegos.
Sin amores, ni odios, ni pasiones que alzan la voz,
ni envidias, dan harto movimiento a los ojos,
ni cuidados, pues si los tuviese el río igual correría
y siempre iría a dar al mar.
Amémonos tranquilamente, pensando que podríamos,
si quisieramos, cambiar besos y abrazos y caricias,
pero que más vale estar sentados uno junto a otro
oyendo correr el río y viéndolo.
Recojamos flores, tómalas tú y póntelas en el regazo
y que su perfume suavice el momento—
este momento en que sosegadamente en nada creemos,
paganos inocentes de la decadencia.
Al menos, si yo fuese sombra antes, te acordarás de mí
sin que el recuerdo te arda o te hiera o te perturbe,
pues nunca enlazamos las manos, ni nos besamos
ni fuimos más de lo que son los niños.
Y si antes que yo llevaras el óbolo al barquero sombrío,
nada tendré que sufrir al acordarme de ti.
Me serás suave a la memoria recordándote así —a orillas del río—,
pagana triste con flores en el regazo.
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*CATULO (Verona: 87aC-57aC)
Poema VI
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Desgraciado Catulo,
deja de hacer locuras,
y lo que ves perdido, por ello dalo.
Brillaron para ti en otro tiempo blancos los soles,
cuando acudías allá donde quería una muchacha,
amada por nosotros como no será amada ya ninguna.
Eran entonces aquellas tantas diversiones
que deseabas tú y que ella no rehusaba.
Brillaron, sí, para ti blancos los soles.
Mas ella ya no quiere, y tú
-reprime la pasión tampoco quieras,
ni vayas tras quien huye,
ni vivas desgraciado,
sino que, duro el ánimo, tente firme.
No sientas. Adiós muchacha,
Catulo ya no siente.
Pues que no lo deseas,
ya no te irá a buscar ni te hará ruegos,
pero tú sufrirás cuando nadie te ruegue.
Ay de ti, desdichada, ¡qué va a ser de tu vida!
¿Quién va a estar junto a ti?
¿Quién te verá bonita?
¿Ahora a quién vas a amar?
¿De quién dirán que eres?
¿A quién vas a besar?
¿Morderás en qué labios? Pero,
Catulo, tú, condenado, no sientas.
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*José LEZAMA LIMA (Cuba: 1910-1976)
Ah, que tú escapes en el instante
en el que ya habías alcanzado tu definición mejor.
Ah, mi amiga, que tú no quieras creer
las preguntas de esa estrella recién cortada,
que va mojando sus puntas en otra estrella enemiga
Ah, si pudiera ser cierto que a la hora del baño,
cuando en una misma agua discursiva
se bañan el inmóvil paisaje y los animales más finos:
antílopes, serpientes de pasos breves, de pasos evaporados,
parecen entre sueños, sin ansias, levantar
los más extensos cabellos y el agua más recordada.
Ah, mi amiga, si en el puro mármol de los adioses
hubieras dejado la estatua que nos podía acompañar
pues el viento, el viento gracioso,
se extiende como un gato para dejarse definir.
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*Francisco de QUEVEDO (España: 1580-1645)
Amor constante más allá de la muerte
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Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama la agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.
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*Rainer Maria RILKE (Checoslovaquia: 1875-1926)
La Diosa -fragmento
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No, no son los recuerdos
los que en mí te retienen;
tampoco eres ya mía
por la fuerza de un hermoso deseo.
Lo que te hace presente
es el candente rodeo
que una lenta ternura
traza en mi propia sangre.
No necesito
verte aparecer;
nacer ya me ha bastado
para perderte un poco menos.
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*Antonio GAMONEDA
Aún
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Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza
y la lluvia.
Ahora siento la pureza de los límites y mi pasión no existiría
si dijese su nombre.
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*Henrik NORDBRANDT (Dinamarca: 1945)
Piazza Duomo
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Otoño, el otoño de los otoños:
La lluvia cae a cántaros a través de la luz.
El bronce se derrite y se solidifica.
La luz cambia de sitio con el bronce.
La muerte cambia de sitio con el bronce
que se derrite y se solidifica.
Los cañones se funden para hacer campanas
y las campanas para hacer cañones.
El ruido de los cañones fuera de las murallas de la ciudad.
El sonido de las campanas en la plaza.
La lluvia cae a cántaros a través de la luz.
La muerte cambia de sitio con el sonido.
Espadas convertidas en arados, arados en espadas.
Cañones y campanas.
El estrépito de la guerra sobre campos negros.
El estrépito de Dios en la plaza.
La plaza, el sitio de todos los sitios.
La idea de un sitio
en otoño, el otoño de los otoños.
La muerte cambia de sitio con la idea.
La plaza está vacía. La lluvia cae a cántaros.
Los cañones se van acercando.
Las campanas se oyen ahora constantemente:
La idea de Dios. Es otoño.
Campanas en cañones. La plaza de Dios
donde está la iglesia. La lluvia muerta.
Los cañones se oyen ahora todo el tiempo.
La plaza está vacía. Es otoño.
La idea de un sitio: El sitio de Dios
está vacío. Las campanas suenan.
La muerte ha cambiado de sitio con el bronce.
La muerte ha cambiado de sitio con el sonido.
La muerte ha cambiado de sitio con la idea:
La idea de Dios, la idea de la Muerte,
el Dios de todos los dioses, la Muerte de todas las muertes.
La Muerte ha cambiado de sitio con el sitio.
Es otoño. Llueve a cántaros.
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*José LEZAMA LIMA
Una oscura pradera me convida,
sus manteles estables y ceñidos,
giran en mí, en mi balcón se aduermen.
Dominan su extensión, su indefinida
cúpula de alabastro se recrea.
Sobre las aguas del espejo,
breve la voz en mitad de cien caminos,
mi memoria prepara su sorpresa:
gamo en el cielo, rocío, llamarada.
Sin sentir que me llaman
penetro en la pradera despacioso,
ufano en nuevo laberinto derretido.
Allí se ven, ilustres restos,
cien cabezas, cornetas, mil funciones
abren su cielo, su girasol callando.
Extraña la sorpresa en este cielo,
donde sin querer vuelven pisadas
y suenan las voces en su centro henchido.
Una oscura pradera va pasando.
Entre los dos, viento o fino papel,
el viento, herido viento de esta muerte
mágica, una y despedida.
Un pájaro y otro ya no tiemblan.
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*Leopoldo María PANERO (España: 1948)
20,000 leguas de viaje submarino
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como un hilo o aguja que casi no se siente
como un débil cristal herido por el fuego
como un lago en que ahora es dulce sumergirse
oh esta paz que de pronto cruza mis dientes
este abrazo de las profundidades
luz lejana que me llega a través de la inmensa lonja de
la catedral desierta
quién pudiera quebrar estos barrotes como espigas
dejad me descansar en este silencioso rostro que nada
exige
dejadme esperar el iceberg que cruza callado el mar sin
luna
dejad que mi beso resbale sobre su cuerpo helado
cuando alcance la orilla en que sólo la espera es posible
oh dejadme besar este humo que se deshace
este mundo que me acoge sin preguntarme nada este
mundo de titíes disecados
morir en brazos de la niebla
morir sí, aquí, donde todo es nieve o silencio
que mi pecho ardiente expire tras de un beso a lo que
es sólo aire
más allá el viento es una guitarra poderosa pero él no
nos llama
dejadme entonces besar este astro apagado traspasar el
espejo y llegar así adonde ni siquiera el suspiro es
posible
donde sólo unos labios inmóviles
ya no dicen o sueñan
y recorrer así este inmenso Museo de Cera deteniéndome
por ejemplo en las plumas recién nacidas
o en el instante en que la luz deslumbra a la crisálida
y algo más tarde la luna y los susurros
y examinar después los labios que fulgen
cuando dos cuerpos se unen formando una estrella
y cerrar por fin los ojos cuando la mariposa próxima a
caer sobre la
tierra sorda quiere en vano volver sus alas hacia lo verde
que ahora la desconoce.
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*Arthur RIMBAUD (Francia: 1854-1891)
Mala sangre –fragmento
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El hartazgo no es más mi amor. Las iras, las desmesuras, la locura… conozco todos sus impulsos y desastres: me he deshecho de todo ese fardo. Apreciemos sin vértigo la extensión de mi inocencia.
Ya nunca seré capaz de pedir el consuelo de una golpiza. No me creo embarcado en una boda con Jesucristo por suegro.
No soy prisionero de mi razón. He dicho: Dios. Deseo la libertad en la salvación: ¿cómo perseguirla? Los gustos frívolos me han abandonado. No más necesidad de devoción ni amor divino. No me da nostalgia el siglo de los corazones sensibles. Cada uno con su razón, desdén y caridad: retengo mi puesto en esa escalera angelical del buen sentido.
Respecto de la dicha establecida, doméstica o no… No, en verdad no puedo. Soy muy etéreo, muy débil. La vida florece por el trabajo, vieja verdad: mi vida no tiene peso suficiente, echa vuelo y flota sobre la acción, ese querido punto de apoyo del mundo.
¡Qué solterona me estoy volviendo por carecer del valor de amar la muerte!
Si Dios me otorgase la calma celestial, del aire, la plegaria –como a los antiguos santos… ¡Los santos!, ¡los fuertes! ¡Los anacoretas, artistas que el mundo ya no necesita!
¡Farsa continuada! Mi inocencia me provocaría las lágrimas. La vida es la farsa a desenvolver con la ayuda de todos.
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*Sylvia PLATH (EE.UU. 1932-1963)
Lesbos –fragmento
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No hablo.
Estoy empaquetando las duras patatas como si fueran ropa de vestir,
estoy empaquetando a los niños,
estoy empaquetando a los gatos enfermos.
Oh recipiente de ácido,
es de amor de lo que estás llena. Sabes a quién odias.
Él está abrazado a su bola y a su cadena, allá abajo, en el portal
que da al mar en el punto en que se mete, blanco y negro,
para escupirse luego.
Tú lo rellenas todos los días de material anímico, como un
jarro. Estás cansada.
Tu voz es un pendiente en mi oreja,
que aletea y que chupa, como un murciélago sanguinario.
Eso es. Ya está bien.
Fisgas desde la puerta,
triste bruja. "Todas las mujeres son unas putas.
No logro comunicar con nadie".
Veo tu ambiente tan bien descompuesto
cerrarse sobre ti como el puño de un niño
o una anémona, esa novia
del mar, esa cleptómana.
Yo todavía estoy cruda.
Digo que quizá vuelva.
Ya sabes para qué sirven las mentiras.
No nos encontraremos ni en tu cielo Zen.
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*Antonio GAMONEDA
Descripción de la mentira –fragmento
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Yo no tengo esperanza sino una pasión cuyo nombre
tú no vas a decirme.
Yo no tengo esperanza sino una pasión cuyo nombre
no va a tocar tus labios.
He cruzado mi infancia y países de morfina y largos
bosques en los que descanse y grandes alas pasaron
sobre mis ojos.
En los lugares a los que yo acudo al atardecer hay
frutos muy espesos de los que hago recolección y
mis dedos son abrasados por las luciérnagas
pero yo hago recolección y me demoro en acudir a
otros lugares, a las alcobas donde mi madre envejece
más allá de la vejez.
Y las palabras, fiebre bajo las tégulas, grumos retrocediendo,
hieles que enloquecían bajo el disfraz
del sueño,
¿qué son, qué hacen en mí cuando se ha extinguido
la verdad?
De la verdad no ha quedado más que una fetidez de
notarios,
una liendre lasciva, lágrimas, orinales
y la liturgia de la traición.
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*Olga OROZCO (Argentina: 1920-1999)
Con este boca, en este mundo
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No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas
y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.
Tal vez hayas huido hacia el costado de la noche del alma,
ese al que no es posible llegar desde ninguna lámpara,
y no hay sombra que guíe mi vuelo en el umbral,
ni memoria que venga de otro cielo para encarnar en esta dura nieve
donde sólo se inscribe el roce de la rama y el quejido del viento.
Y ni un solo temblor que haga sobresaltar las mudas piedras.
Hemos hablado demasiado del silencio,
lo hemos condecorado lo mismo que a un vigía en el arco final,
como si en él yaciera el esplendor después de la caída,
el triunfo del vocablo con la lengua cortada.
¡Ah, no se trata de la canción, tampoco del sollozo!
He dicho ya lo amado y lo perdido,
trabé con cada sílaba los bienes que más temí perder.
A lo largo del corredor suena, resuena la tenaz melodía,
retumban, se propagan como el trueno
unas pocas monedas caídas de visiones o arrebatadas a la oscuridad.
Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.
Hemos ganado. Hemos perdido,
porque ¿cómo nombrar con esa boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?
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*Paul CELAN (Rumanía: 1920-1970)
de Cristal de aliento –fragmento
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Un pensamiento: alto
árbol tañe el
tono de la luz. Aún
hay cantos que entonar más allá
de los hombres.
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*Roberto JUARROZ (Argentina: 1925-1995)
de Poesía vertical –fragmento
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No esperar el trato ciego de la caída.
Crearla como si fuera un horizonte
o quizá el gesto crédulo de un animal invisible,
sabiendo que abajo en cualquier parte,
hasta el antiguo sitio donde un nombre sin nadie,
hasta sin él,
inventó el amor.
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*Fernando PESSOA
Aguardo ecuánime lo que no conozco:
mi futuro es el de todo. Al fin
todo será silencio, salvo
donde el mar bañe la nada.
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Ya estoy tranquilo, ya no espero nada
ya sobre mi vacío corazón
desciende la inconsciencia sagrada
de no querer una ilusión.
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Coronadme de rosas.
Coronadme en verdad
de rosas
-¡Rosas que se apagan
en frente que se apaga
tan temprano!
Coronadme de rosas
y de hojas breves.
Y basta.
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*Leopoldo María PANERO
The end
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he fumado mi vida y del incendio
sorpresivo quedan
en mi memoria las ridículas colillas:
seres que no me vieron, mujeres como vaho,
humo en las bocas, y silencio
por doquier, como un sudario
para lo que no quise ser, y fue
como vapor o estela sobre las olas ociosas,
niños con marinera
que en la escuela aprendieron el Error.
no había nadie en aquel pozo, estaba
vacía la cárcel, pienso cuando
abriendo al fin la puerta, y descorriendo
por fin el cerrojo que me unía
inútilmente a las águilas, y me hacía
amar las islas y adorar la nada,
descubro
banal, y sonriéndome, la luz.
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-nota al final: ésos fueron los poemas que escogí; sin embargo, a fin de no rebasar el tiempo que tenía destinado para mi turno (20 minutos), prescindí de leer dos de ellos: “Mala sangre”, de Rimbaud, y “Lesbos” de Sylvia Plath. hubo otros poemas que tenía en mente al comenzar a la selección, y que me pesó un poco dejar de lado: en especial poemas de César Vallejo (pensaba, entre otros, en “Considerando en frío, imparcialmente”), aunque también prescindí de “Incompletamente”, de Juan Gelman, y “Contra la muerte” de Gonzalo Rojas. obviamente, hay más poemas que me gustan. pero a la hora de comenzar la selección lo que más tenía seguro era que quería llevase por “epígrafe” esos versos que amo de San Juan de la Cruz , y que me parece que son como la definición que a mí me va de la poesía –digresivamente: si la hay, la definición de ser-poeta que a mí me va está en estos otros versos: “Oh inteligencia, soledad en llamas”, de Gorostiza, quien tampoco está aquí… en fin. así que fueron planteándoseme esbocitos de criterios y finalmente opté por el más o menos “temático”, el del aspecto que tenía más incidencia en la selección. al caso, fue el del amor bajo la forma de renuncia-desapego. abrí con el poema de Carnero como una forma de adelantar o advertir a dónde iba a dirigir mi lectura y cuál sería su tenor. seguí con uno de los primeros poemas de Gamoneda, ése en el que me parece ya está contenida una de las nociones principales de su obra: amar es ensuciar al ser amado por adoración. intenté llevar un poco más allá el desapego, trascendiéndolo (poemas como los de Lezama Lima, eso que él gustaba de llamar sobrenaturaleza), e incluir un poema aislado él mismo del resto en mi sesión: Nordbrandt con “Piazza Duomo”. mi intención fue continuar paseando por distintos grados de la renuncia a través de varios poemas hasta culminar en la negación –una negación que se da cuenta, reveladora: la transgresión antinatural de quien ha franqueado la distancia que opone el objeto del deseo: Panero en “The end”, ante la sonrisa luciferina que aguarda-en eso que más amamos –una vez que hemos podido realmente hacerlo, si ello es posible.
por el lado de las acotaciones y lo acaso “técnico”: el poema de Carnero pertenece al libro Dibujo de la muerte (publicado por Ocnos). los poemas de Gamoneda pertenecen, en el orden de la lectura, a los siguientes libros, respectivamente: La tierra y los labios (“Te beberé el cabello”), Blues castellano (“Estar en ti”), Libro del frío (“Aún”), y Descripción de la mentira. De Pessoa… la mejor traducción que he leído es la de Marcelo Cohen, que publicó Losada; pero a la hora de hacer esta nota he prestado el libro, y en línea sólo pude conseguir íntegro el primer poema (“Ven a sentarte conmigo, Lidia”); los otros poemas los he escrito de memoria, así que lo advierto por cualquier imprecisión –en cualquier caso, creo que el ya citado fue escrito bajo su heterónimo de Ricardo Reis, mientras que el resto pertenecen a los que firmó como Alberto Caeiro. de Catulo… es la excelente traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal en la compilación de Mondadori: Algunos versos más desvergonzados. Lezama Lima “Ah, que tú escapes” y “Una oscura pradera me convida” son parte de Enemigo rumor. de Quevedo… pues sobra acotar. el fragmento de Rilke lo recuerdo yo de un edición que se llamaba Las rosas, y fue publicado por una editorial mexicana; lo recuerdo, pero hace mucho que no lo encuentro –me parece que es traducción de Lizalde. el poema de Nordbrandt… no sé exactamente a qué libro pertenece; yo lo apunté hace mucho de una antología suya publicada por Lumen, traducida por Uriz: Nuestro amor es como Bizancio. ahora, Panero: “20,000 leguas de viaje submarino” lo encuentran en Así se fundó Carnaby Street; no estoy seguro de “The end”, pero tal vez esté en El que no ve –casi toda su poesía está en Visor. En el caso de Rimbaud… “Mala sangre” es parte de Una temporada en el infierno, pero como ninguna versión de las que tuve a mano me parecía ideal, o tuve demasiadas opciones como para contentarme… me permití malamente incluir líneas de varias traducciones, según se me acomodaran mejor al gusto. Con Plath y con Juarroz… me pidieron los papeles al final de la lectura y de ellos sólo tenía copias, así que 1) no estoy del todo seguro que la integridad del poema de Plath esté intacta (la original, la había tomado de su libro Ariel, en la edición de Hiperión, y 2) en el caso de Juarroz… lo he transcrito de memoria, es muy posible que me falle alguna palabra. el poema de Olga Orozco le da título al libro al que pertenece. el fragmento de Celan… me lo he recordado también; pero la mejor traducción que he encontrado de Cristal de aliento… curiosamente está en un libro de filosofía cuyo título no me viene ahora pero es de Hans-George Gadamer, hace hermenéutica de la poética del rumano y al final viene el libro completo con esa hermosa traducción –el libro de Gadamer es, recuerdo, editado por Herder.
como verán, me puso muy contento hacer la selección, tanto que me he puesto a comentar el proceso dándome la gran importancia.
Categorías: ejercicios de admiración
Etiquetado: carnero, catulo, celan, Gamoneda, juarroz, lezama lima, orozco, panero, pessoa, plath, quevedo, rilke, rimbaud, san juan de la cruz
en heridas y sombras, de Antonio Gamoneda
Julio 12, 2009 · Dejar un comentario
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En heridas y sombras
puse mi vida.
Y, cualquier día, de mi corazón
van a ir saliendo los insectos y
van a ser ciegos. Lástima de luz.
Lástima de luz.
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Categorías: abscesos · ejercicios de admiración
Etiquetado: exentos III, melancolía, presagio
tres poemas de Édgar Favela
Junio 26, 2009 · Dejar un comentario
||
||
a una muchacha que quería hacer bien las cosas
|
eres bonita
y dices ser terrible
y oscura,
|
me dices
que no te importo,
¿tendría acaso que
importarte si sólo nos
unió una cama?
|
me pides que te compare
con ésta y con aquélla,
qué no sabes
muchacha,
da igual tú o cualquiera.
|
y que me cuentas tus cosas
sólo porque estás confundida,
que las dices así nada más
y no porque sea yo
quien puede entenderlas.
|
¿que no te importo?
me dices y te escucho,
|
¿que quieres hacer bien las cosas?
no, no te creo.
|
|
|
sobre la ruina de las sábanas -y el ron y la oscura ambigüedad de dos o tres mujeres que besan cuando acaba la música. sobre las olas blancas que tuestan esta ciudad partida por el miedo. mañana lloverá, o tal vez no, o tal vez sólo este cuarto donde no hay música ni mujeres ebrias ni ruina ni nada que me importe tanto como para no ver el mundo, cerrar los ojos
|
y reír en silencio.
|
|
|
1982
||
nosotros,
muchachos,
los que nacimos sin historia y andamos
animales torvos con la sonrisa liviana,
nosotros,
que ya sin terror ni angustia
ni nada por qué sonrojarnos
decimos
―nada es verdad
nada es verdad,
y andamos así,
ebrios de glorias caducas,
luchando causas en
las que no creemos
e idolatrando efigies
que no nos corresponden.
|
nosotros,
huecos y doloridos
porque los héroes se han ido acobardando
y las ridículas banderas nos dejaron en la mano.
|
es ya hora muchachos,
es ya hora de postrarnos ante los grandes palacios
de las grandiosas autoridades,
abracemos todos las sagradas academias
porque el arte la literatura y la poesía
y los magnánimos temas nos han servido para nada
―porque hay que saberlo
hay que saber que sabemos
porque debemos saber algo
|
cualquier cosa.
|
es el tiempo,
es ya el tiempo de los que no nacimos en la guerra
ni en la entreguerra,
es el tiempo de los que quisimos hacer cosas importantes
y avasallados terminamos por lo que apenas vimos
con el rabillo del ojo
―pero hemos visto la furia,
la furia
la furia en los ojos indiferentes de la muerte,
la hemos visto
y entonces gritemos
gritemos
porque también es testimonio
e importa…
|
es ya hora muchachos,
digámoslo ya
―no creemos en nada,
nada sirve para nada,
llenémonos la boca con la
tragedia de nuestra ingenuidad
y estemos tranquilos,
porque hay que decirlo
―hay que decirlo y gritarlo nuevamente,
porque se debe hacer
es necesario
es nuestra responsabilidad,
debemos hacerlo…
|
muchachos,
es la hora,
sabemos que sabemos,
pregonemos pues el fin de los tiempos,
la caída de todos los imperios
y la muerte de todas las historias
y cantemos
cantemos
cantemos honestamente
―porque hay que gritarlo
hay que decirlo
aunque ya casi todo
nos provoque una risotada macabra.
|
muchachos,
estemos tranquilos,
sentémonos en la gran mesa redonda,
mirémonos los rostros
y las sonrisas
y bebamos el último vaso de la noche,
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porque hay que comprenderlo,
porque sabemos que sabemos,
porque sabemos que debemos saberlo,
porque debemos,
debemos
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―y eso es suficiente.|
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Categorías: ejercicios de admiración
Etiquetado: 1982, a una muchacha que quería hacer las cosas bien, corrupción, edgar favela, hartazgo, nkb, poemas, sobre la ruina de las sábanas, tedio
el parásito de los poetas –de Emile Cioran
Junio 18, 2009 · Dejar un comentario
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I. No puede haber desenlace para la vida de un poeta. Todo lo que no ha emprendido, todos los instantes alimentados con lo inaccesible, le dan su poder. ¿Experimenta el inconveniente de existir? Entonces su facultad de expresión se reafirma, su aliento se dilata. Una biografía sólo es legítima si hace evidente la elasticidad de un destino, la suma de variantes que comporta. Pero el poeta sigue una línea de fatalidad cuyo rigor nada flexibiliza. La vida les toca en suerte a los filisteos; y para suplir la que no han tenido se han inventado las biografías de los poetas…
La poesía expresa la esencia de lo que no podríamos poseer; su significación última: la imposibilidad de toda «actualidad». La alegría no es un sentimiento poético. (Proviene, sin embargo, de un sector del universo lírico donde el azar reúne, en un mismo haz, las llamas y las estupideces.) ¿Se ha visto alguna vez un canto de esperanza que no inspirase una sensación de malestar, incluso de repulsión? Y ¿cómo cantar una presencia cuando incluso lo posible está manchado por una sombra de vulgaridad? Entre la poesía y la esperanza, la incompatibilidad es completa; de este modo el poeta es víctima de una ardiente descomposición. ¿Quién se atrevería a preguntarle cómo ha experimentado la vida, cuando ha vivido gracias a la muerte? Cuando sucumbe a la tentación de felicidad, pertenece a la comedia… Pero si, por el contrario, de sus llagas brotan llamaradas, y canta a la felicidad -esa incandescencia voluptuosa de la desdicha- se sustrae al matiz de vulgaridad inherente a todo acento positivo. Es Hölderlin refugiándose en una Grecia soñada y transfigurando el amor en embriagueces más puras, en las de la irrealidad…
El poeta sería un tránsfuga odioso de la realidad si en su huida no llevase consigo su desdicha. Al contrario del místico o el sabio, no sabría escapar a sí mismo ni evadirse del centro de su propia obsesión: incluso sus éxtasis son incurables, y signos premonitorios de desastres. Inapto para salvarse, para él todo es posible, salvo su vida…
II. En esto reconozco a un verdadero poeta: frecuentándole, viviendo largo tiempo en la intimidad de su obra, algo se modifica en mí: no tanto mis inclinaciones o mis gustos como mi misma sangre, como si una dolencia sutil se hubiera introducido en ella para alterar su curso, su espesor y su calidad. Valéry o Stefan George nos dejan allí donde les abordamos, o nos vuelven más exigentes en el plano formal del espíritu: son genios de los que no sentimos necesidad, sólo son artistas. Pero un Shelley, pero un Baudelaire, pero un Rilke intervienen en lo más profundo de nuestro organismo, que se los apropia como lo haría con un vicio. En su proximidad, un cuerpo se fortifica, y luego se ablanda y se desagrega. Pues el poeta es un agente de destrucción, un virus, una enfermedad disfrazada y el peligro más grave, aunque maravillosamente impreciso, para nuestros glóbulos rojos. ¿Vivir en su territorio? Es sentir adelgazarse la sangre, es soñar un paraíso de la anemia, y oír, en las venas, el fluir de las lágrimas…
III. Mientras que el verso lo permite todo, y en él podéis verter lágrimas, vergüenzas, éxtasis y sobre todo quejas, la prosa os prohíbe expansionaros o lamentaros: repugna a su abstracción convencional. Exige otras verdades: controlables, deducidas, mesuradas. Pero, ¿y si se robasen las de la poesía; si se saquease su tema, y si uno se atreviese a tanto como los poetas? ¿Por qué no insinuar en el discurso nuestras indecencias, nuestras humillaciones, nuestras muecas y nuestros suspiros? ¿Por qué no estar descompuesto, podrido, ser cadáver, ángel o Satán en el lenguaje de lo vulgar, y traicionar patéticamente tantos aéreos y siniestros vuelos? Mucho mejor que en la escuela de los filósofos, es en la de los poetas en la que se aprende el valor de la inteligencia y la audacia de ser uno mismo. Sus «afirmaciones» hacen palidecer los apotegmas más extrañamente impertinentes de los antiguos sofistas. Nadie las adopta: ¿hubo jamás un solo pensador que fuese tan lejos como Baudelaire o que se atreviese a transformar en sistema una fulguración de Lear o un monólogo de Hamlet? Quizá Nietzsche antes de su fin, pero, ay, se obstinaba aún en sus estribillos de profeta… ¿Buscaremos del lado de los santos? Ciertos frenesíes de Teresa de Ávila o de Ángeles de Foligno… Pero se encuentra demasiado a menudo a Dios, ese sinsentido consolador que, apuntalando su valor, disminuye su calidad. Pasearse sin convicciones y solo no es propio de un hombre, ni siquiera de un santo; a veces, sin embargo, lo es de un poeta…
Imagino a un pensador exclamando en un movimiento de orgullo: «¡Me gustaría que un poeta se fabricase un destino con mis pensamientos!». Pero para que su aspiración fuese legítima, haría falta que él mismo frecuentase largo tiempo a los poetas, que sacase de ellos delicias de maldición, y que les devolviese, abstracta y acabada, la imagen de sus propias caídas o de sus propios delirios; haría falta sobre todo que sucumbiese en el umbral del canto, e, himno vivo más allá de la inspiración, que conociese el pesar de no ser poeta, de no estar iniciado en la «ciencia de las lágrimas», en los azotes del corazón, en las orgías formales, en las inmortalidades del instante…
…Muchas veces he soñado con un monstruo melancólico y erudito, versado en todos los idiomas, íntimo de todos los versos y de todas las almas y que errase por el mundo para nutrirse de venenos, de fervores, de éxtasis, a través de las Persias, las Chinas, las Indias muertas, y las Europas moribundas, muchas veces he soñado con un amigo de los poetas que los hubiese conocido a todos por desesperación de no ser de los suyos.
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cierzos –pequeña antología personal de la obra de Antonio Gamoneda
Enero 28, 2009 · 1 comentario
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Te beberé el cabello
Y cerraré los ojos.
Tú seguirás manando
tu cabello
turbio de besos.
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Todos los árboles se han puesto a gemir dentro de mi espíritu
al recordar tus bragas en la oscuridad, la luz debajo de tu piel,
tus pétalos vivientes.
Atravesando los aniversarios, a veces viajan las palomas ebrias.
Venga desnuda tu misericordia, ah paloma mortal, hija del campo.
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Como si te posases en mi corazón y hubiese luz
dentro de mis venas y yo enloqueciese dulcemente;
todo es cierto en tu claridad:
te has posado en mi corazón,
hay luz dentro de mis venas,
he enloquecido dulcemente.
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Ha venido tu lengua; está en mi boca
como una fruta en la melancolía.
Ten piedad en mi boca: liba, lame,
amor mío, la sombra.
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En la humedad me amas
y eres azul en tus pezones. Hablas
suavemente en mis labios y regresas
a tu prisión en la melancolía.
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|||||||Amor
Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.
Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.
Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.
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|||||||Estar en ti
Yo no entro en ti para que tú te pierdas
bajo la fuerza de mi amor;
yo no entro en ti para perderme
en tu existencia ni en la mía;
yo te amo y entro en tu corazón
para vivir con tu naturaleza,
para que tú te extiendas en mi vida.
Ni tú ni yo. Ni tú ni yo.
Ni tus cabellos esparcidos aunque los amo tanto.
Sólo esta oscura compañía.
||||||||||||||||||||||||||||||||| Ahora
siento la libertad.
|||||||||||||||||||||Esparce
tus cabellos.
|||||||||||||||Esparce tus cabellos.
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Amor que duras en mis labios:
hay una miel sin esperanza bajo las hélices y las sombras de las
grandes mujeres y en la agonía del verano baja como mercurio
hasta la llaga azul del corazón.
Amor que duras: llora entre mis piernas,
come la miel sin esperanza.
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Madre: quiero olvidar
esta creencia sin descanso. Nadie
ha visto un corazón habitado:
¿por qué este pensamiento irreparable,
esta creencia sin descanso?
Estar desesperado,
estar químicamente desesperado,
no es un destino ni una verdad.
Es horrible y sencillo
y más que la muerte. Madre:
dame tus manos, lava
mi corazón, haz algo.
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Existe el mar en las ciudades blancas,
coágulos en el aire dulcemente sangriento,
sábanas en la serenidad.
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Existen los perfumes inguinales, lenguas en las heridas femeninas
y el corazón está cansado.
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Entra con tus campanas en mi casa, pastora ciega, sin embargo,
como si no tuviera la dulzura su fin aún en las ciudades blancas.
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He envejecido dentro de tus ojos; eras la dulzura y el exterminio
y yo amé tu cuerpo en sus frutos nocturnos.
Tu inocencia es como un cuchillo delante de mi rostro, pero
tú pesas en mi corazón y, como una miel oscura, yo te siento
en mis labios al ir hacia la muerte.
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Alguien ha entrado en la memoria blanca, en la inmovilidad
del corazón.
Veo una luz debajo de la niebla y la dulzura del error me hace
cerrar los ojos.
Es la ebriedad de la melancolía; como acercar el rostro a una
rosa enferma, indecisa
entre el perfume y la muerte.
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Tu cabello encanece entre mis manos y, como aguas silenciosas,
nos abandonan los recuerdos. Siento la frialdad de la existencia
pero tu olor se extiende en las habitaciones y tu lascivia vive en
mi corazón y entra mi pensamiento en tus heridas.
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Eres como la flor de los agonizantes
que es invisible mas su aroma entra
en la sombra nasal y es la delicia,
todo en la vida, durante algún tiempo.
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Nuestros cuerpos se comprenden cada vez más tristemente,
pero yo amo esta púrpura desolada.
Ah la flor negra de los dormitorios, ah las pastillas del amanecer.
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Sábana negra en la misericordia:
Tu lengua en un idioma ensangrentado.
Sábana aún en la sustancia enferma,
la que llora en tu boca y en la mía
y, atravesando dulcemente llagas,
ata mis huesos a tus huesos humanos.
No mueras más en mí, sal de mi lengua.
Dame la mano para entrar en la nieve.
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Vi
montes sin una flor, lápidas rojas,
pueblos
vacíos
y la sombra que baja. Pero hierve
la luz en los espinos. No comprendo. Sólo
veo belleza.
|||||||||||||||Desconfío.
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No tengo miedo ni esperanza. Desde un hotel exterior al destino, veo
una playa negra y, lejanos, los grandes párpados de una ciudad cuyo
dolor no me concierne.
Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte.
Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.
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A la penumbra auricular no viene nunca el sonido del amanecer.
Muge el silencio en las ocultas bóvedas y se desliza en tus
membranas. Silban los pájaros y tu pasión es sorda.
Tú ya no estás en tus oídos.
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¿Quién viene
dando gritos, anuncia
aquel verano, enciende
lámparas negras, silba
en la pureza azul de los cuchillos?
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|||||||(fragmento)
Mi memoria es maldita y amarilla como un río
sumido desde hace muchos años.
Mi memoria es maldita. Más allá, antes de la memoria,
un país sin retorno, acaso sin existencia:
hierba muy alta y dulce, siesta en la densidad: aquella
miel sobre los párpados.
Era la exudación y penetraba el tiempo. los insectos
se fecundaban sin cesar y la serenidad nos poseía.
Pero aquel tiempo no existió: sucedió en la
inmovilidad como la música antes de su división.
Mi memoria es maldita y amarilla como el residuo
indestructible de la hiel.
Yo extendía membranas sobre los gritos de la inutilidad.
Ésta fue mi justicia, pero ¿qué ha quedado
de mi alma?
No me busques en la justicia. No encontrarás mi
cuerpo en las iglesias ni en profecías insufribles
como los tábanos en la lengua de los animales
muy enfermos.
Mi amistad está sobre ti y tú no estás debajo de
mi amistad. No soy yo el despojado: tu hermosura
es tenaz pero mi cansancio es más profundo
que tu hermosura.
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|||||||(fragmento)
Yo no tengo esperanza sino una pasión cuyo nombre
tú no vas a decirme.
Yo no tengo esperanza sino una pasión cuyo nombre
no va a tocar tus labios.
He cruzado mi infancia y países de morfina y largos
bosques en los que descanse y grandes alas pasaron
sobre mis ojos.
En los lugares a los que yo acudo al atardecer hay
frutos muy espesos de los que hago recolección y
mis dedos son abrasados por las luciérnagas
pero yo hago recolección y me demoro en acudir a
otros lugares, a las alcobas donde mi madre envejece
más allá de la vejez.
Y las palabras, fiebre bajo las tégulas, grumos retrocediendo,
hieles que enloquecían bajo el disfraz
del sueño,
¿qué son, qué hacen en mí cuando se ha extinguido
la verdad?
De la verdad no ha quedado más que una fetidez de
notarios,
una liendre lasciva, lágrimas, orinales
y la liturgia de la traición.
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|||||||Claridad sin descanso
Quizá me sucedo en mí mismo. No sé quién pero alguien ha muerto en mí.
También ayer olía la desaparición y estaba amenazado por la luz, pero
hoy es otro el cuchillo delante de mis ojos.
No quiero ser mi propio extraño, estoy entorpecido por las visiones.
|||||||Es difícil
poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción
de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados
y después llorar porque voy a abandonarlos o porque ellos van a
abandonarme.
|||||||Qué
estupidez tener miedo al borde de la falsedad, qué cansancio
abandonar la inexistencia y
morir después todos los días.
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Soy el que ya comienza a no existir
y el que solloza todavía.
Qué cansancio ser dos inútilmente.
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Amé todas las pérdidas.
Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.
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Tu rostro sale del espejo como un ala que abandona
el instante. Yo amo tu rostro en el espejo; yo
amo cuanto me está abandonando.
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Entra en tu cuerpo y tu cansancio se llena de pétalos. Laten en
ti bestias felices: música al borde del abismo.
Es la agonía y la serenidad. Aún sientes como un perfume la
existencia.
Este placer sin esperanza, ¿qué significa finalmente en ti?
¿Es que va a cesar también la música?
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Siento el crepúsculo en mis manos. Llega a través
del laurel enfermo. Yo no quiero pensar ni ser amado
ni ser feliz ni recordar.
Sólo quiero sentir esta luz en mis manos
y desconocer todos los rostros y que las canciones
dejen de pesar en mi corazón
y que los pájaros pasen ante mis ojos y yo no advierta
que se han ido.
Hay
grietas y sombras en paredes blancas y pronto habrá
más grietas y más sombras y finalmente no habrá
paredes blancas.
Es la vejez. Fluye en mis venas como agua atravesada
por gemidos. Van
a cesar todas las preguntas. Un sol tardío pesa en
mis manos inmóviles y a mi quietud vienen a la vez
suavemente, como una sola sustancia, el pensamiento
y su desaparición.
Es la agonía y la serenidad.
Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo.
En cualquier caso, ya
La única sabiduría es el olvido.
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|||||||Aún:
Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza
y la lluvia.
Ahora siento la pureza de los límites y mi pasión no existiría
si dijese su nombre.
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En heridas y sombras
puse mi vida.
y, cualquier día, de mi corazón
van a ir saliendo los insectos y
van a ser ciegos. Lástima de luz.
Lástima de luz.
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Yo me callo, yo espero
hasta que mi pasión
y mi poesía y mi esperanza
sean como la que anda por la calle;
hasta que pueda ver con los ojos cerrados
el dolor que ya veo con los ojos abiertos.
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Categorías: ejercicios de admiración
Etiquetado: antología personal, arden las pérdidas, cecilia 2004, descripción de la mentira, Gamoneda, lápidas, libro del frío, poesía en vivo, sublevación inmóvil
pensar contra sí mismo –de emile cioran
Enero 25, 2009 · Dejar un comentario
Debemos la casi totalidad de nuestros conocimientos a nuestras violencias, a la exacerbación de nuestro desequilibrio. Incluso Dios, por mucho que nos intrigue, no es en lo más íntimo de nosotros donde le discernimos, sino justo en el límite exterior de nuestra fiebre, en el punto preciso en el que, al afrontar nuestro furor al suyo, resulta un choque, un encuentro tan ruinoso para El como para nosotros. Alcanzado por la maldición que los actos conllevan, el violento no fuerza su naturaleza, no va más allá de sí mismo, más que para volver de nuevo a sí enfurecido, como agresor, seguido de sus empresas, que vienen a castigarle por haberlas suscitado. No hay obra que no se vuelva contra su autor: el poema aplastará al poeta, el sistema al filósofo, el acontecimiento al hombre de acción. Se destruye cualquiera que, respondiendo a su vocación y cumpliéndola, se agita en el interior de la historia; sólo se salva quien sacrifica dones y talentos para que, liberado de su condición de hombre, pueda reposarse en el ser. Si aspiro a una carrera metafísica, no puedo a ningún precio guardar mi identidad; debo liquidar hasta el menor residuo que me quede de ella; mas si, por el contrario, me aventuro en un papel histórico, la tarea que me incumbe es exasperar mis facultades hasta que estalle con ellas. Siempre se perece por el yo que se asume; llevar un nombre es reivindicar un modo exacto de hundimiento.
Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso mas que a los secretos del desgarramiento.
En lugar de dejar al tiempo triturarnos lentamente, hemos creído oportuno sobreabundar en él, añadir a sus instantes los nuestros. Ese tiempo reciente, injertado en el antiguo, ese tiempo elaborado y proyectado debía pronto revelar su virulencia; objetivándose, iba a convertirse en historia, monstruo urdido por nosotros contra nosotros mismos, fatalidad a la que no podríamos escapar, ni aun recurriendo a las fórmulas dc la pasividad, a las recetas de la sabiduría.
Intentar una cura de ineficacia; meditar sobre los padres taoístas, su doctrina del abandono, del dejarse llevar, de la soberanía de la ausencia; seguir, según su ejemplo, el recorrido de la conciencia cuando deja de tenérselas con el mundo y se moldea sobre todas las cosas, como el agua, elemento al que son afectos, eso ya podemos esforzarnos en lograrlo, que no lo conseguiremos jamás. Ellos condenan juntamente nuestra curiosidad y nuestra sed de dolores; y en esto se diferencian de los místicos, y singularmente de los de la edad media, hábiles en recomendarnos las virtudes de la camisa de cerdas, de la piel de erizo, del insomnio, de la inanición y del gemido.
«La vida intensa es contraria al Tao», enseña Lao-Tse, el hombre más normal que hubiere. Pero el virus cristiano nos recome: legatarios de los flagelantes sólo refinando nuestros suplicios tomamos conciencia de nosotros mismos. ¿Qué la religión declina? Perpetuaremos sus extravagancias, como perpetuamos las maceraciones y los gritos de las celdas de antaño, ya que nuestra voluntad de sufrir iguala a la de los conventos en la época de su florecimiento. Si bien la Iglesia no goza ya del monopolio del infierno, no por eso nos tendrá menos anclados a una cadena de suspiros, al culto del padecimiento, de la alegría fulminada y de la tristeza jubilosa.
El espíritu, tanto como el cuerpo, paga los gastos de la «vida intensa». Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser. Y lo que a los ojos del gran chino era símbolo de decadencia, ejercicio de imperfección, constituye para nosotros la única modalidad de poseernos, de entrar en contacto con nosotros mismos.
«Que el hombre no ame nada y será invulnerable». («Chuangtzé»). Máxima profunda como inoperante. ¿Cómo alcanzar el apogeo de la indiferencia, cuando nuestra misma apatía es tensión, conflicto, agresividad? No hay ningún sabio entre nuestros antecesores, sino insatisfechos, veleidosos, frenéticos, cuyas decepciones y desbordamientos nos será preciso prolongar.
Siempre según nuestros chinos, sólo el espíritu desapegado penetra en la esencia del Tao; el apasionado no percibe más que los efectos: el descenso a las profundidades exige el silencio, la suspensión de nuestras vibraciones, léase de nuestras facultades. Pero ¿no es ya revelador que nuestra aspiración a lo absoluto se exprese en términos de actividad, de combate, que un Kierkegaard se titule «caballero de la fe», y que Pascal. no sea nada más que un panfletario? Atacamos y nos debatimos; no conocemos, pues, más que los efectos del Tao. Por lo demás, la quiebra del quietismo, equivalente europeo del taoísmo, dice mucho sobre nuestras posibilidades y nuestras perspectivas.
No veo nada más contrario a nuestras costumbres que el aprendizaje de la pasividad. (La época moderna comienza con dos histéricos: Don Quijote y Lutero.) Si elaboramos tiempo, si lo producimos, es por repugnancia a la hegemonía de la esencia y a la sumisión contemplativa que supone. El taoísmo me parece la primera y última palabra de la sabiduría: soy; sin embargo, refractario a él, mis instintos lo rechazan, como rechazan doblegarse a lo que sea, hasta tal punto pesa sobre nosotros la herencia de la rebelión. ¿Nuestro mal? Siglos de atención al tiempo, de idolatría del futuro. ¿Nos libraremos de él por algún recurso de la China o de la india?
Hay formas de sabiduría y liberación que no podemos ni aprehender desde dentro, ni transformarlas en nuestra sustancia cotidiana, ni siquiera encerrarlas en una teoría. La liberación, si efectivamente uno se empeña en ella, debe proceder de nosotros: no hay que buscarla en otra parte, en un sistema completamente acabado o en alguna doctrina oriental. Empero esto es lo que ocurre en numerosos espíritus ávidos, como suele decirse, de absoluto. Pero su sabiduría es un plagio, su liberación un engaño. No incrimino aquí solamente a la teosofía y sus adeptos, sino a todos los que se equipan con verdades incompatibles con su naturaleza. Más de uno tiene la India fácil, se imagina haber desenmarañado sus secretos, cuando nada le dispone a ello ni su carácter, ni su formación, ni sus inquietudes. ¡Qué pulular de falsos «liberados» que nos miran desde lo alto de su salvación! Tienen buena conciencia; ¿acaso no pretenden situarse por encima de sus actos? Superchería intolerable. Apuntan, además, tan alto que toda religión convencional les parece un prejuicio de familia, con la que su «espíritu metafísico» no sabría contentarse. Reclamarse de la India suena indudablemente mejor. Pero olvidan que ésta postula acuerdo entre la idea y el acto, identidad de la salvación y de la renuncia. Cuando se posee «el espíritu metafísico»», esas son bagatelas de las que uno no se preocupa.
Tras tanta impostura y tanto fraude, es reconfortante contemplar a un mendigo. El, al menos, ni miente ni se miente: su doctrina, si la tiene, la encarna él mismo; no le gusta el trabajo y lo prueba; como no desea poseer nada, cultiva su desprendimiento, condición de su libertad. Su pensamiento se resuelve en su ser y su ser en su pensamiento. Está falto de todo, es él mismo, dura. Estar a la altura de la eternidad es también vivir al día. De este modo, para él, los otros están encerrados en la ilusión. Cierto que depende de ellos, pero se venga estudiándolos, especializado como está en los trasfondos de los sentimientos «nobles». Su pereza, de una rara calidad, hace de él un auténtico «liberado», perdido en un mundo de bobos y engañados. Sobre la renuncia, sabe mucho más que numerosas de vuestras obras esotéricas. Para convenceros, no tenéis más que echaros a la calle… ¡Pero no! Preferís los textos que preconizan la mendicidad. Ya que ninguna consecuencia práctica acompaña vuestras meditaciones, no es de extrañar que el último de los pordioseros valga más que vosotros. ¿Es concebible el Buda fiel a sus verdades y a su palacio? No se es «liberadovivo» y propietario. Me rebelo contra la generalización de la mentira, contra los que exhiben su pretendida «salvación» y la apuntalan con una doctrina que no emana de sus profundidades. Desenmascararlos, hacerlos descender del pedestal en el que se han izado, ponerlos en la picota, es una campaña a la que nadie debería permanecer indiferente. Pues a todo precio, es preciso impedir a los que tienen demasiado buena conciencia vivir y morir en paz.
Cuando hace un momento nos oponíais lo «absoluto», afectabais un airecillo profundo, inaccesible, como si os debatieseis en un mundo lejano, con una luz, con unas tinieblas que os pertenecen, dueños de un reino al que nadie fuera de vosotros podría abordar. Nos dispensáis, a nosotros los mortales, unas pocas briznas de los grandes descubrimientos que acabáis de efectuar, algunos restos de vuestras prospecciones. Pero todas nuestras penas sólo logran haceros soltar ese pobre vocablo fruto de vuestras lecturas, de vuestra docta frivolidad, dc vuestra nada libresca y de vuestras angustias de prestado.
Lo absoluto: todos nuestros esfuerzos se reducen a minar la sensibilidad que conduce a ello. Nuestra sabiduría o, más bien, nuestra nosabiduría lo repudia; relativista, nos propone un equilibrio, no en la eternidad, sino en el tiempo. El absoluto que evoluciona, esa herejía de Hegel, se ha convertido en nuestro dogma, nuestra trágica ortodoxia, la filosofía de nuestros reflejos. Quien cree poder hurtarse a ella, da prueba de fanfarronería o ceguera. Arrinconados en la apariencia, a veces nos ocurre que abrazamos una sabiduría incompleta, mezcla de sueño e imitación. Si la India, para citar de nuevo a Hegel, representa «el sueño del espíritu infinito», el sesgo de nuestro intelecto, así como el de nuestra sensibilidad, nos obliga a concebir el espíritu encarnado, limitado a encaminamientos históricos, el espíritu sin más, que no abarca el mundo, sino los momentos del mundo, tiempo despedazado al que no escapamos más que a tirones, y cuando traicionamos nuestras apariencias.
Como la esfera de la conciencia se encoge en la acción, nadie que actúe puede aspirar a lo universal, pues actuar es aferrarse a las propiedades del ser en detrimento del ser, a una forma de realidad en perjuicio de la realidad. El grado de nuestra liberación se mide por la cantidad de empresas de las que nos hemos emancipado, tanto como por nuestra capacidad de convertir todo objeto en un noobjeto. Pero nada significa hablar de liberación a partir de una humanidad apresurada que ha olvidado que no se podría reconquistar la vida ni gozar de ella sin haberla antes abolido.
Respiramos demasiado pronto para poder aprehender las cosas en sí mismas o para denunciar su fragilidad. Nuestro jadeo las postula y las deforma, las crea y las desfigura, y nos encadena a ellas. Me agito, emito un mundo tan sospechoso como esa especulación mía que lo justifica, me desposo con el movimiento que me transforma en generador de ser, en artesano de ficciones, mientras que mi verbo cosmogónico me hace olvidar que arrastrado por el torbellino de los actos no soy más que un acólito del tiempo, un agente de universos caducos.
Ahítos de sensaciones y de su corolario, el devenir, somos noliberados por inclinación y por principio, condenados selectos, presa de la fiebre de lo risible, husmeadores en esos enigmas superficiales a la medida de nuestro agobio y nuestra trepidación.
Si queremos recobrar nuestra libertad, lo que nos cuadra es deponer el fardo de la sensación no reaccionar ya al mundo por medio de los sentidos, romper nuestros lazos. Empero, toda sensación es lazo, el placer tanto como el dolor, la alegría como la tristeza. Sólo se libera el espíritu que, puro de todo contubernio con seres u objetos, se ejerce en su vacuidad.
Resistirse a la felicidad es algo que la mayoría logra; la desdicha, en cambio, es insidiosa de otro modo. ¿La habéis probado alguna vez? Nunca os saciaréis de ella, la buscaréis con avidez y, preferentemente, allí dónde no está, y la proyectaréis ahí pues, sin ella, todo os parecería inútil y sin brillo. Se encuentre donde se encuentre, expulsa el misterio y lo torna luminoso. Sabor y llave de las cosas, accidente y obsesión, capricho y necesidad, os hará amar la apariencia en lo que tiene de más potente, de más duradero y de más cierto, y os atará a ella para siempre pues, «intensa» por naturaleza, es, como toda «intensidad», servidumbre, sujeción. ¿Cómo alzarse hasta el alma indiferente y nula, hasta el alma desligada? Y ¿cómo conquistar la ausencia, la libertad de la ausencia? Nunca figurará esta libertad entre nuestras costumbres, como tampoco «el sueño del espíritu infinito».
Para identificarse con una doctrina venida de lejos, habría que adoptarla sin restricciones: ¿Cómo se compagina consentir en las verdades del budismo y rechazar la trasmigración, base misma de la idea de renunciamiento? ¿Y suscribir a los Vedas, aceptar la concepción de la irrealidad de las cosas y comportarse como si existieran? Inconsecuencia inevitable para todo espíritu educado en el culto de los fenómenos. Porque debemos confesarlo: tenemos el fenómeno en la sangre. Podemos despreciarlo o aborrecerlo, no por ello dejará de ser nuestro patrimonio, nuestro capital de muecas, el símbolo de nuestra crispación en este mundo. Raza de convulsivos, en el centro mismo de una broma de proporciones cósmicas, hemos impreso en el universo los estigmas de nuestra historia, y de esa iluminación que invita a perecer tranquilamente nunca seremos capaces. Hemos elegido desaparecer por nuestras obras, no por nuestros silencios: nuestro futuro se lee en la risotada de nuestros rostros, en nuestros rasgos de profetas mortecinos y afanosos. La sonrisa de Buda, esa sonrisa que flota sobre el mundo, no ilumina nuestros rostros. A lo máximo, concebimos la dicha; nunca la felicidad, privilegio de las civilizaciones fundadas sobre la idea de salvación, sobre la negativa a saborear sus males, a deleitarse en ellos; pero, sibaritas del dolor, retoños de una tradición masoquista, ¿quién nos columpiará entre el Sermón de Benarés y el Heautontimoroumenos? «Soy la herida y el puñal»: tal es nuestro absoluto, nuestra eternidad.
En cuanto a nuestros redentores, venidos entre nosotros para nuestro mayor oprobio, amamos la nocividad de sus esperanzas y de sus remedios, la diligencia que ponen en favorecer y exaltar nuestros males, el veneno que nos inoculan sus palabras de vida. Les debemos el ser expertos en el sufrimiento sin remedio. ¡A qué tentación, a qué extremos nos conduce la lucidez! ¿Vamos a desertar de ella para refugiarnos en la inconsciencia? Cualquiera puede salvarse por medio del sueño, cualquiera tiene genio mientras duerme: no hay diferencias entre los sueños de un carnicero y los de un poeta. Pero nuestra clarividencia no podría tolerar que tal maravilla durase, ni que la inspiración fuese puesta al alcance de todos; el día nos quita los dones que la noche nos dispensa. Sólo el loco posee el privilegio de pasar sin roces de la existencia nocturna a la diurna: no hay distinción alguna entre sus sueños y sus vigilias. Ha renunciado a nuestra razón como el pordiosero a nuestros bienes. Los dos han encontrado la vía que lleva fuera del sufrimiento y han resuelto todos nuestros problemas; y de este modo permanecen como modelos que no podemos seguir, como salvadores sin adeptos.
Mientras hurgamos en nuestros males los de los otros no nos requieren menos. En la época de las biografías, nadie oculta sus llagas sin que intentemos destaparlas a la luz pública; si no lo logramos, nos apartamos de ellos plenamente decepcionados. E incluso aquel que acabó en la cruz, no cuenta aún ante nuestros ojos en modo alguno por haber sufrido por nosotros, sino por haber sufrido sin más y lanzado unos cuantos gritos tan profundos como gratuitos. Pues lo que veneramos en nuestros dioses son nuestras derrotas en hermoso.
Abocados a formas degradadas de sabiduría, enfermos de duración (durée, T.), en lucha con esa tara que nos repele tanto como nos seduce, en lucha con el tiempo, estamos constituidos de elementos todos los cuales concurren en hacer de nosotros rebeldes divididos entre una mística llamada que no tiene ningún lazo con la historia y un sueño sanguinario que es su símbolo y su nimbo. Si tuviéramos un mundo nuestro, ¡poco importaría que fuese el de la piedad o el de la risotada! nunca lo tendremos, ya que nuestra posición en la existencia se sitúa en el cruce de nuestras súplicas y de nuestros sarcasmos, zona de impureza en la que se mezclan suspiros y provocaciones. Quien es demasiado lúcido para adorar lo será igualmente para demoler, o no demolerá más que sus… rebeliones; pues ¿de qué sirve rebelarse para encontrar de inmediato el universo intacto? Monólogo irrisorio. Se subleva uno contra la justicia y contra la injusticia, contra la paz y la guerra, contra sus semejantes y contra los dioses. Después, se llega a pensar que el último viejo chocho es quizá más sabio que Prometeo. Sin embargo, no se llega a ahogar en uno mismo un grito de insurrección, y se continúa tronando a propósito de todo y de nada: automatismo lastimoso que explica por qué somos todos Luciferes de estadística.
Contaminados por la superstición dcl acto, creemos que nuestras ideas deben realizarse. ¿Qué hay más contrario a la consideración pasiva del mundo? Pero tal es nuestro destino: ser incurables que protestan, panfletarios en un camastro.
Nuestros conocimientos, como nuestras experiencias, deberían paralizarnos y hacernos indulgentes incluso para con la tiranía, desde el momento en que representa una constante. Somos lo suficientemente clarividentes como para sentirnos tentados de deponer las armas; el reflejo de la rebelión triunfa empero sobre nuestras dudas; y aunque podríamos ser unos perfectos estoicos, el anarquista vela en nosotros y se opone a nuestras resignaciones.
«Jamás aceptaremos la Historia»: tal me parece ser el adagio de nuestra impotencia para ser verdaderos sabios o verdaderos locos. ¿Seremos figurones de la sabiduría y de la locura? Hagamos lo que hagamos, respecto a nuestros actos estamos obligados a una profunda insinceridad.
Evidentemente, un creyente se identifica hasta un cierto punto con lo que hace y con lo que cree; no hay en él una divergencia importante entre su lucidez, por una parte, y sus acciones y pensamientos por otra. Tal divergencia se ensancha desmesuradamente en el falso creyente, en quien manifiesta convicciones sin adherirse a ellas. El objeto de su fe es un sucedáneo. Digámoslo sin ambages: mi rebelión es una fe que suscribo sin creer en ella. Pero no puedo dejar de suscribirla. Nunca se meditará bastante la frase de Kirilov sobre Stavroguin: »Cuando cree no cree que cree, y cuando no cree no cree que no cree».
Más aún que el estilo, el ritmo mismo de nuestra vida está fundado sobre la honorabilidad de la rebelión. Como nos repugna admitir la identidad universal, ponemos la individuación, la heterogeneidad, como un fenómeno primordial. Pues bien, rebelarse es postular esa heterogeneidad, es concebirla de algún modo como anterior origen de los seres y de los objetos. Si opongo la Unidad, la única verídica, a la multiplicidad, necesariamente engañosa, si, en otros términos, asimilo lo otro a un fantasma, mi rebelión se vacía de sentido, ya que, para existir, debe partir de la irreductibilidad de los individuos, de su condición de mónadas, de esencias circunscritas. Todo acto instituye y rehabilita la pluralidad, y, confiriendo a la persona realidad y autonomía, reconoce implícitamente la degradación, el despedazamiento de lo absoluto. Y es de éste, del acto, y del culto que le es anejo, de donde procede la tensión de nuestro espíritu, y esa necesidad de estallar y de destruirnos en el corazón de la duración (durée, T.). La filosofía moderna, instaurando la superstición del yo., ha hecho de ella el resorte de nuestros dramas y el pivote de nuestras inquietudes. Añorar el reposo en la indistinción, el sueño neutro de la existencia sin cualidades, no sirve de nada; nos hemos querido sujetos, y todo sujeto es ruptura con la quietud de la Unidad. Quien se ataree en atenuar nuestra soledad o nuestros desgarramientos va contra nuestros intereses y nuestra vocación. Medimos el valor del individuo por la suma de sus desacuerdos con las cosas, por su incapacidad para ser indiferente, por su negativa a tender hacia el objeto. Y de aquí la descalificación de la idea de Bien, de aquí la boga del Diablo.
Mientras vivíamos rodeados dc terrores elegantes, nos acomodábamos muy bien a Dios. Cuando otros, más sórdidos, porque más profundos, se apoderaron de nosotros, precisamos de otro sistema de referencias, de otro patrón. El Diablo era la figura pintiparada. Todo en él concuerda con la naturaleza de los acontecimientos de los que es agente y principio regulador: sus atributos coinciden con los del tiempo. Implorémosle, pues, ya que, lejos de ser un producto de nuestra subjetividad, una creación de nuestra necesidad de blasfemia o soledad, es el maestro de nuestras interrogaciones y de nuestros pánicos, el instigador de nuestros desvaríos. Sus protestas, sus violencias, no carecen de equívocos: ese «gran Triste» es un rebelde que duda. Si fuera simple, de una sola pieza, no nos atañería; pero sus paradojas, sus contradicciones, son nuestras: acumula nuestras imposibilidades, sirve de modelo a nuestras rebeliones contra nosotros mismos, al odio de nosotros mismos. ¿La fórmula del infierno? Es en esa forma de rebelión y de odio donde hay que buscarla, en el suplicio del orgullo derribado, en esa sensación dc ser una terrible cantidad desdeñable, en los tormentos del «yo», de ese «yo» por el que comienza nuestro fin…
De todas las ficciones, la de la Edad de Oro es la que más nos pasma: ¿cómo ha podido rozar las imaginaciones? Y es para denunciarla y por hostilidad contra ella por lo que la historia, agresión del hombre contra sí mismo, ha cobrado empuje y forma; de tal suerte que entregarse a la historia es aprender a sublevarse, a imitar al Diablo. Nunca lo imitamos tan bien como cuando, a expensas de nuestro ser, emitimos tiempo, lo proyectamos fuera y lo dejamos convertirse en sucesos. «A partir de ahora, ya no habrá tiempo»: ese metafísico improvisado que es el Ángel del Apocalipsis anuncia de este modo el fin del Diablo, el fin de la Historia. De este modo, los místicos tienen razón de buscar a Dios en sí mismos o en otra parte, salvo en este mundo del que hacen tabla rasa, sin por ello rebajarse a la rebelión. Saltan fuera del siglo: locura de la que nosotros, cautivos de la duración, somos raramente capaces. ¡Si al menos fuésemos tan dignos del Diablo como ellos lo son de Dios!
Para persuadirse de que la rebelión goza de una honorabilidad indebida basta reflexionar sobre la manera en que se califica a los espíritus ineptos para ella. Se les llama blandengues. Es casi cierto que estamos cerrados a toda forma de sabiduría porque no vemos en ella mas que una blandenguería transfigurada. Por injusta que sea una reacción semejante, no puedo impedir sentirla para con el mismo taoísmo. Aun sabiendo que recomienda el alejamiento y el abandono en nombre del absoluto y no de la cobardía, lo rechazo en el momento mismo en que creo haberlo adoptado; y si doy mil veces razón a Lao-tsé, sin embargo, comprendo mejor a un asesino. Entre la serenidad y la sangre, lo natural es inclinarse hacia la sangre. El asesinato supone y corona la rebelión: quien ignora el deseo de matar, por mucho que profese opiniones subversivas, siempre será un conformista.
Sabiduría y rebelión: dos venenos. Incapaces de asimilarlos ingenuamente, no encontramos en ninguno de los dos una fórmula de salvación. Sigue siendo cierto que en la aventura luciferina hemos adquirido una maestría que nunca poseemos en la sabiduría. Para nosotros, la misma percepción es sublevación, comienzo de trance o de apoplejía. Perdida de energía, voluntad de gastar nuestras disponibilidades. Rebelarse con cualquier motivo comporta una irreverencia contra uno mismo, contra nuestras fuerzas. ¿De dónde sacaríamos para la contemplación ese derroche estático, esa concentración en la inmovilidad? Dejar las cosas tal como están, mirarlas sin querer morderlas, percibir su esencia, nada más hostil a la dirección de nuestro pensamiento; aspiramos, por el contrario, a zarandearlas, a torturarlas, a prestarles nuestros furores. Así debe ser: idólatras del gesto del juego y del delirio, gustamos de los que arriesgan el todo por el todo, tanto en poesía como en filosofía. El Taotekin va más lejos que Une saison en enfer o Ecce Homo. Pero Laotsé no nos propone ningún vértigo, en tanto que Rimbaud y Nietzsche, acróbatas que se contorsionan en el punto extremo de sí mismos, nos invitan a sus peligros. Sólo nos seducen los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido a sus vidas.
No hay salida para quien juntamente rebasa el tiempo y se hunde en el para quien accede sobresaltadamente a su última soledad y se ahínca, sin embargo, en la apariencia. Indeciso, tironeado, se arrastrará como un enfermo de la duración, expuesto juntamente a la atracción del futuro y de lo intemporal. Si creyendo al Maestro Eckhart, el tiempo tiene un «olor», con mayor razón aún debe tener uno la historia. ¿Cómo permanecer insensible a él? En un plano más inmediato, distingo la ilusión, la nulidad, la podredumbre de la «civilización»; empero, me siento solidario de esa podredumbre: soy el fanático de una carroña. Guardo rencor a nuestro siglo por habernos subyugado hasta el punto de acosarnos incluso en el momento en que nos separamos de él. Nada viable puede salir de una meditación de circunstancias, de una reflexión sobre el acontecimiento. En otras edades más felices, los espíritus podían desvariar libremente, como si no perteneciesen a ninguna época, emancipados como estaban del terror de la cronología, abismados en un momento del mundo el cual, para ellos, se confundía con el mundo mismo. Sin inquietarse por la relatividad de su obra, se consagraban a ella enteramente. Estupidez genial irremisiblemente pasada, exaltación fecunda, en nada comprometida por la conciencia descoyuntada. Adivinar todavía lo intemporal y saber, sin embargo, que nosotros somos tiempo, que producimos tiempo, concebir la idea de eternidad y mimar nuestra nada; irrisión de la que emergen no sólo nuestras rebeliones, sino también las dudas que tenemos a su respecto.
Buscar el sufrimiento para evitar el rescate, seguir en dirección contraria el camino de la liberación, tal es nuestra aportación en materia de religión: iluminados biliosos, Budas y Cristos hostiles a la salvación, predicando a los miserables el encanto de su desdicha. Raza superficial, si se quiere. No por ello es menos indudable que nuestro primer antepasado nos ha dejado, por toda herencia, el horror al paraíso. Dando un nombre a las cosas, preparaba su decadencia y la nuestra. Si quisiéramos remediarla, nos haría falta comenzar por desbautizar el universo, por quitar la etiqueta que, superpuesta sobre cada apariencia, la realza y le presta un simulacro de sentido. Mientras, hasta nuestras células nerviosas, todo en nosotros aborrece el paraíso. Sufrir: única modalidad de adquirir la sensación de existir; existir: única forma de salvaguardar nuestra perdición. Así será en tanto que una cura de eternidad no nos haya desintoxicado del futuro, en tanto que no nos hayamos acercado a ese estado en el que, según un budista chino, «el instante vale diez mil años».
Puesto que el absoluto corresponde a un sentido que no hemos sabido cultivar, entreguémonos a todas las rebeliones: acabarán indudablemente por volverse contra sí mismas, contra nosotros mismos… Quizá entonces reconquistaremos nuestra supremacía sobre el tiempo; a menos que, muy por el contrario, queriendo escapar a la calamidad de la conciencia, no nos reunamos con las bestias, las plantas y los objetos, con esa estupidez primordial de la que, por culpa de la historia, hemos perdido hasta el recuerdo.
Categorías: ejercicios de admiración
Etiquetado: anarquía, cioran, fe, la historia, la tentación de existir, tao
tres poemas de Henrik Nordbrandt
Diciembre 27, 2008 · Dejar un comentario
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|||Septiembre
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Ahora lucha mi frágil sombra
contra la luz misteriosa en grava y paja.
Mi bicicleta está oxidándose a la entrada del bosque
como una complicada idea
que uno ha abandonado antes de pensarla hasta el fin
y el sonido del abedul hace añicos mi alma
que ha encontrado su propia agua clara
en torno a la que da vueltas todo el día.
Estoy colgado como una cortina en la brisa
ni dentro ni fuera y proyecto mi sombra
sobre una cama sin hacer
mientras diferentes mujeres vienen de visita
solas o de dos en dos
y me hablan de todos mis defectos.
El lugar, el tiempo y yo
nos jugamos a los dados quién hará esta vez
el trabajo de los demás.
El sol matinal cae en el escalón.
La primera escarcha del año brilla en las sombras.
Yo pierdo
y estoy una vez más solo en el mundo.
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|||Piazza Duomo
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Otoño, el otoño de los otoños:
La lluvia cae a cántaros a través de la luz.
El bronce se derrite y se solidifica.
La luz cambia de sitio con el bronce.
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La muerte cambia de sitio con el bronce
que se derrite y se solidifica.
Los cañones se funden para hacer campanas
y las campanas para hacer cañones.
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El ruido de los cañones fuera de las murallas de la ciudad.
El sonido de las campanas en la plaza.
La lluvia cae a cántaros a través de la luz.
La muerte cambia de sitio con el sonido.
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Espadas convertidas en arados, arados en espadas.
Cañones y campanas.
El estrépito de la guerra sobre campos negros.
El estrépito de Dios en la plaza.
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La plaza, el sitio de todos los sitios.
La idea de un sitio
en otoño, el otoño de los otoños.
La muerte cambia de sitio con la idea.
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La plaza está vacía. La lluvia cae a cántaros.
Los cañones se van acercando.
Las campanas se oyen ahora constantemente:
La idea de Dios. Es otoño.
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Campanas en cañones. La plaza de Dios
donde está la iglesia. La lluvia muerta.
Los cañones se oyen ahora todo el tiempo.
La plaza está vacía. Es otoño.
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La idea de un sitio: El sitio de Dios
está vacío. Las campanas suenan.
La muerte ha cambiado de sitio con el bronce.
La muerte ha cambiado de sitio con el sonido.
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La muerte ha cambiado de sitio con la idea:
La idea de Dios, la idea de la Muerte,
el Dios de todos los dioses, la Muerte de todas las muertes.
La Muerte ha cambiado de sitio con el sitio.
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Es otoño. Llueve a cántaros.
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|||Una vida
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Encendiste una cerilla y su llama te cegó
de manera que no pudiste encontrar en la oscuridad lo que buscabas
antes de que la cerilla se consumiese entre tus dedos quemándote
y el dolor te hiciera olvidar lo que buscabas.
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Categorías: ejercicios de admiración
Etiquetado: francisco j. uriz traductor, henrik nordbrandt, nuestro amor es como bizancio, poesía, poeta
