la pelota que arrojé cuando jugaba en el parque
aún no ha tocado el suelo.
―Dylan Thomas.
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30 de abril, y ni un niño en la calles.
pero los que quedamos en ellas (disfrazados o no), y los que desde dentro de las casas rinden a este “espacio libre” un respeto inspirado por el miedo, ahora que transitar se ha vuelto para la mayoría una cuestión peligrosa, y que lo dispersivo, lo anónimo y el azar han adquirido el semblante difuso del monstruo de la más reciente película de espanto en la noche de no saber ―por la que insistimos en cubrirnos con la sábana, sin dejar por eso de temblar…
muchos de nosotros nos comportamos como lo peor que juzgamos de los niños cuando decidimos dejar de serlo en pos de convertirnos en eso cuyo (presunto) ideal más alto ahora traicionamos: individuos.
ah, gran tristeza de obedecer, y gran tristeza de creer en (que existen) los mayores.
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Vamos juntos los dos
a ver al sapo
verás cómo niños se abrazan
y juegan a la pelota
a la sombra del sapo
y cómo el ser se rinde
a la sombra del sapo.
―Leopoldo María Panero.
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(por la mañana de ayer pensé en cuánto ama mi ser dudar, y lamenté el que, de pronto, parecería que no era mi gusto sino mi obligación hacerlo. rabia contra la homogenización de mis pasiones en tareas, y de mi ocio en responsabilidad ―lo que yo quiero es capricho.)
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