(8 de noviembre de 2001) un suéter azul
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hoy hace 10 años que salí de la casa de mis padres, en un pueblo que se llama Cadereyta. dentro de unos años él ya no será pueblo ni el cambio habrá valido la pena —será una ciudad sucia como ésta donde la gente nos hacinamos, vivimos de cosas desagradables y, asunto peor, tenemos el poder de hacerlas desear o imponerlas para que todos (como si no fuéramos distintos) tengamos la misma muerte. pero estamos hablando de mí.
mamá lloraba dentro de la casa, papá seguía diciéndome cosas desde la puerta, pero no les presté atención: la noche previa oía un disco de pulp y, todavía en ayunas, sus canciones me eran más definitivas, para ese momento, que cualquier cosa que dijera él. así, me fui de ese pueblo más o menos desdichado del que no me sentí parte por mucho tiempo, o hasta hace poco por una suerte bendecida de desdén que me hace agradecer la incomprensión de su daño, la abulia que acendró en mí su letargo de playa a la que renunció el mar nadie sabe hace cuánto. yo desde 3 años antes se lo había prometido a papá: cuando cumpla 18, me voy de aquí. cumplí. llevaba un suéter azul.
(ya había leído casi todo lo que había que leer de su biblioteca; estaba más o menos condenado a hacer lo que amaba, porque no había nada más qué hacer. la encargada del lugar me amonestó una vez por retrasar la entrega de libros; mucho tiempo me divertí dejando notas entre las páginas, en números exactos, para volver por ellos meses después o años: y todo estaba donde lo dejé. me parecía gracioso y soberbio. pero no había nada más que hacer. tuve dos amigos ahí, los suficientes: del primero —que muy pronto fue papá, como el resto de mis compañeros— no sé desde hace 6 años; al otro le debo una de las dos decepciones que escribí el 21 de julio de 2008 y de la que partió este blog, pero ya casi no lo veo porque no es el mismo, ni yo.)
salí muy temprano; amanecía. 8 de noviembre… 8, ¡un número que no me gusta! por eso hace poco dudaba o quise que fuera en 7 ó 9: pero sé que era jueves —entonces, 8— y estaba nublado. finalmente no llovió como para decirlo o, si acaso y apenas, hasta medio día después; a esa hora en que el sol inclinó un abanico de sereno ámbar por encima de los cabellos de una mujer a la que yo creo que amé, si adorar no es más o menos que eso —dudo, sinceramente. estábamos en un parque; aún rebasaban a las amarillas las hojas verdes… y ya había perdido el suéter azul.
me percaté tarde y ya no vi la cara del que huía con mi suéter, lejos, a lo largo de una avenida envenenada de estrépito antes del parque. no sé si aquél era uno de los señores del alma que, una madrugada de 2006, velaban alrededor de un ataúd en un cuarto lleno de niebla y silencio que soñé. permanecí mucho tiempo observándolos por entre visillos. no se movieron nada cuando perdí el miedo y, acercándome al ras del ataúd, vi que lo único que estaba dentro era mi suéter azul.
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Yo me fui un Miércoles como la canción de The Beatles, ya la has de conocer, me fui un Miércoles pero salí hasta el Viernes, un 7 ese número me gusta. Me sigue reclamando mi madre, mi padre ya lo entendió al fin.
Feliz 10º aniversario.
Yo creía que al partir sería feliz pero la verdad es que sólo soy.
La soledad es la mejor amiga, los pensamientos, ah…
Tan solo diez años Rodrigo aunque has vivido tanto.
Déjale algo a los que empiezan.
Hay que seguir volando.
(gracias, lauren… “déjale algo a los que empiezan” -todavía, espero, vamos empezando. saludos.
debo decirte que la ultima entrada del blog, cuando saliste de casa, a movido ciertas fibras que bueno… creí perdidas… enterradas en algún rinconsete de la memoria esa de pollo o a muy corto plazo que tengo. Nunca he perdido un suéter azul, pero si he perdido una cantidad de cosas en este ir y venir que para mi son ya 8 años. Me recuerdo en marzo con 19 y el ímpetu revoltoso, desbordado de curiosidad de pensarme y verme en otro lado, de verme allá, donde fuera … lejos de Guadalupe N.L., y esa tarde yo volví a casa, pasaban las cinco, por aquellos tiempos tenía un trabajo nuevo y un volkswaven mas o menos nuevo también, papa me vio estacionar mi vehículo y mi nueva vida y… enloqueció, me dijo que yo era una puta y otras cosas que ya olvidé, indignada tome algunas pertenencias, solo unas pocas y salí de ahí, no hubo drama más que eso y unas cuantas lagrimas que luego pase a olvidar también… porque mis perdidas son olvidos, de recuerdos, sensaciones, y momentos y hoy que he encontrado esas por llamarlas de algún modo “secuencias de vida” empolvadas, sacurdirlas a sido toda una sorpresa … no me atrevo (aunque lo hago, en automático, no por gusto tal vez por adicción, o peligrosamente por costumbre) a pensar que en algún punto mi papa tenía razón… y tal vez, hoy día sigo igual, con la necesidad de verme en otra parte … mas no lo puedo decir con precisión, porque en el fondo se que todavía no termino de conocerme. Saludos Rodrigo me he sentido despues de leer lo que escribiste primero mal, como una sacudida pero luego que recordé lo mio a sido un poco como una pequeña liberación. a lo mejor es que a las memorias a veces les hace falta eso, salir al sol y luego dejarlas ir.
Rodrigo, esto me toca. Te explico: yo dejé la casa de mi madre hace poco más de dos años, empezaba marzo del 2009, no sé si era 9, 10, 11, lo tenía registrado pero lo olvidé. El caso es que yo me salí de mi casa para vivir con alguien más. Nunca estuve sola. Nunca supe lo que es salir únicamente con uno mismo. Y me hubiera gustado saberlo. Ya no podré. Desde que me embaracé dejé de estar sola. Y no me refiero a una soledad lastimera o patética o romántica. Simplemente a saberte solo físicamente en un espacio, en tu espacio. Estoy irremediablemente acompañada. Pero no me molesta. Quizás lo que me entristece es no haber tenido, como tú, la oportunidad de perder de vista un suéter azul.