máquina de escribir

Entradas de Abril 2009

teoría de la compensación

Abril 30, 2009 · 5 comentarios

la pelota que arrojé cuando jugaba en el parque

aún no ha tocado el suelo.

―Dylan Thomas.

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30 de abril, y ni un niño en la calles.

pero los que quedamos en ellas (disfrazados o no), y los que desde dentro de las casas rinden a este “espacio libre” un respeto inspirado por el miedo, ahora que transitar se ha vuelto para la mayoría una cuestión peligrosa, y que lo dispersivo, lo anónimo y el azar han adquirido el semblante difuso del monstruo de la más reciente película de espanto en la noche de no saber ―por la que insistimos en cubrirnos con la sábana, sin dejar por eso de temblar…

muchos de nosotros nos comportamos como lo peor que juzgamos de los niños cuando decidimos dejar de serlo en pos de convertirnos en eso cuyo (presunto) ideal más alto ahora traicionamos: individuos.

ah, gran tristeza de obedecer, y gran tristeza de creer en (que existen) los mayores.

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Vamos juntos los dos

a ver al sapo

verás cómo niños se abrazan

y juegan a la pelota

a la sombra del sapo

y cómo el ser se rinde

a la sombra del sapo.

―Leopoldo María Panero.

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(por la mañana de ayer pensé en cuánto ama mi ser dudar, y lamenté el que, de pronto, parecería que no era mi gusto sino mi obligación hacerlo. rabia contra la homogenización de mis pasiones en tareas, y de mi ocio en responsabilidad ―lo que yo quiero es capricho.)

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Categorías: abdicaciones · anomalías
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sobre (el temor de) la enfermedad

Abril 28, 2009 · 4 comentarios

―y, ¿dónde está la enfermedad?

―¡pues en el aire, pendejo!

(conversación entre dos niños,

escuchada al paso)

hoja suelta del lunes 28 de abril, 1023 pm –a propósito del hecho de la paranoia colectiva, justificada o no según la existencia (aún, a lo menos y por muchas razones cuestionable) de la epidemia de influenza en el país, tengo algunas impresiones que resultan a la fecha precipitadas, innecesarias, irresponsables, frívolas, superficiales, tan parciales, comprensibles y sobre todo sintomáticas -en cualquier caso, se obvia, subjetivas.

regresé por la mañana de este lunes a Monterrey desde Guadalajara, donde había pasado la semana previa. al interior de la terminal de autobuses el tránsito humano lucía una disposición significativa: no es que la gente caminara más despacio, entre un individuo y otro mediaba un trecho inhabitual: mayor –y ejercido con más vehemencia desde los que ya portaban el cubrebocas.  en apariencia, al salir de la terminal la situación era la misma.

sin embargo, la amplitud del cielo de la mañana o la libertad y apertura de las calles, y la diferencia proporcional entre el número de la población de un lugar determinado como la terminal de autobuses al lugar indefinible que es la intemperie de la ciudad, sumado a la calidad de sujetos en tránsito del primero, y de residentes del segundo, reveló algunos matices sobre la exacerbación de la diferencia en una situación así

mi observación (y aquella de otro orden que la complementa, o de la que fui objeto) es inseparable de los datos siguientes: mi tráfico por la ciudad se redujo a las cercanías del perímetro de la terminal y durante él me abanderaban el lastrar con una maleta grande y mi apariencia desgastada por la acumulación de días sin cumplir con el horario básico de sueño y sí la acometida de algunos excesos festivos. es decir, era presumible que yo venía de fuera, y evidente que no lucía saludable.

en la calle la gente se alejaba más de mí, que de la mayoría del resto –o yo lo sentía así. a primera vista, tuve la impresión de compartir con los vagabundos, los discapacitados y las prostitutas de la zona la destinación extra de una distancia de por sí anómala en lo cotidiano, sobre todo en lo cotidiano de un área donde por lo regular nadie quiere permanecer (ese no-lugar se diría por ahí) pero por la que todos necesitamos pasar, un trecho donde los concurrentes se apuran unos a otros, se rebasan y, a veces, hasta se empujan.

en la tienda donde compré un vaso de café, el “¿es todo?” de la cajera fue pronunciado abriendo lo menos posible los labios, y una vez que advirtió que yo llevaba en mi mano abierta el costo exacto, tuvo ingenio para entretenerse en otra cosa hasta que yo entendí que  debía dejar el dinero en el mostrador, sin exponerla al riesgo de tocar sus manos.

salí con el café y me detuve cerca, para tomarlo y fumar.  ahí, corregí mi impresión sobre la destinación extra de exclusión que unos momentos antes creía compartir con aquellas minorías. la dosis de quienes de veras integraban estas fracciones aumentó. el mendigo que se acercaba extendiendo la mano pedigüeña, parecía (a juzgar por la premura con que le huían) acezar con este movimiento la agresividad de un perro invisible y feroz.

(él había estado acercándose a objetivos visiblemente más capacitados que yo para responderle, pero ante un desprecio mayor por parte de éstos y percatándose de que lo miraba, recorrió varios metros hasta mí sonriendo y me pidió, no dinero, sino un cigarro. se lo di, y yo también me fui de ahí).

cuando abordé la ruta para llegar desde ese punto hasta casa, no estaba llena como de costumbre; la ocupación de los pocos asientos atendía a una disposición semejante a la que mantenían entre sí los transeúntes en las calles. de pronto, alguien en la segunda hilera de butacas estornudó. y alguien de las últimas se apresuró a decir “¡salud!”. sin embargo, más que un dejo de protocolo o el cariz de un deseo, la expresión poseía la rigidez ofensiva de lo imperativo (se oía como se oye una orden) y la mezquindad (triste) del dedo delator.

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glosas –por la tarde recordé unas líneas de Bataille que evocadas en otras ocasiones me han parecido, a lo menos, verosímiles.

Los hombres se desconocen en el bien y se aman en el mal. El bien es la hipocresía. El mal es el amor. La inocencia es el amor del pecado.

a priori, y en su proporción, pensé que situaciones pequeñas como las que observé  esta mañana desmentían este supuesto de Bataille, el cual es poco (pero aún) esperanzador. en concreto, pensé: los hombres se desconocen en el bien y también en el mal; si Bataille sugería que la catástrofe, reuniendo a las personas aunque fuese en contra de ella, o la emparentación de la enfermedad en común, lograban alguna cercanía…  nada: ni eso siquiera.

enseguida pensé un poco más y, también, me reí de mí -o lo quise. luego afirmé, actual, que esto no era una catástrofe, sino (al menos así sentida) la amenaza de ella. con la pregunta de la tercera reacción (¿ejercía la condición de hecho o la de posibilidad una diferencia verdadera?) me han venido muchas más –entre ellas si la hiperrealidad de la posibilidad, el ejercicio activo de la ficción, no convierte a la paranoia en el desastre mismo.

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martes 28 de abril, 0139 am –a esta hora en que voy a cerrar el texto siento la inclinación visceral (o la intuición) por que sea en la última parte de la frase de Bataille

La inocencia es el amor del pecado.

en la que yace  (de haberlo ahí) algo de respuesta para la cuestión que he tratado de nombrar.

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Categorías: abscesos · anomalías
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carmen

Abril 27, 2009 · Dejar un comentario

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cada día me gustas más

y mañana es el último día

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pero aún mañana no es el colmo de lo que me gustas.

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Categorías: jet lag · registro de las omisiones
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de (strange place for snow)

Abril 13, 2009 · Dejar un comentario

 

 

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tres caprichos

 

 

1, aún

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quiero que las coronas girantes

dejen de hacer eso

y de untar

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diamantes aún en las paredes idas.

 

 

2, blanco

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quiero que el cisne que vive en mí

se convierta en un helicóptero blanco

y que sus poderosas aspas

destacen mi corazón que gira.

 

 

3, rocío

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quiero que me corten las estrellas

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con las inmediaciones

ya no quiero ver más nada

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mientras apaciento llorando oro y rocío

rumiando solo en el gran solar.

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(strange place for snow)

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esta casa era más amplia por dentro que por fuera. desde el campo

la fachada era oclusiva, y las ventanas

parecían querer entrar. ¿qué había? yo sentí que alguna vez

fui las ventanas –toda esa vez, porque era una sola vez muy grande.

iluminada como se llena un globo

la sensación de los límites dejaba la impresión del revés de la lana

el empotrado del cordero. y habitar en la casa era

ser el animal desnudo, que crece

entrando en los cristales el pelambre blanco y presintiendo casi

rozar allá fuera, como derrapar apaciblemente la cámara lenta

dejando el rastro de la piel en nubes, hecho el cielo

nada más por existir o estar ahí –mientras atardece

o hace frío el blanco en los ojos, y

nada en el corazón. como adornar la estación de lejanía

con retratos de la nieve, o algo extraño

que sucedió –y ya no.

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Categorías: abscesos · jet lag
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viernes, 3 am

Abril 10, 2009 · 1 comentario

“cuál mi explicación / esto me lacera de tempranía”. salí esta noche a los bares (vengo de allá: estoy ebrio); pensaba que quería distraerme y encontrar alguna muchacha –nada de eso. una vez estando ahí, me avasalló la cosa congruente. me coquetearon muchachas, varias y directo –no me importa.

ninguna de ellas era quien me importa (pero no solicitaré más) ni la única que, a mí… y a quien, tal vez, yo… (y me prohibí verla), y tampoco aquella que está irrevocablemente lejos de importarme así –como cuando lo hizo muchísimo y, en su vértigo, más verdadero y más fuerte.

pero si no son ninguna de ellas (ni se les parecen en lo mínimo) por mí pueden dejar de ofrecérseme: jamás las tomaré. (ni siquiera espero y, en absoluto, no quiero toparme a ninguna parecida a esa, de quien –ya completamente sin ella– seguiré estando hecho). en cuanto a las demás… no las quiero para mí ni me importa conocerles –ni para nada.

así que cuando, estando en el bar, me di cuenta de eso… procedí a largarme. luego he llegado a la que desde ayer es mi casa número 22, de donde también me iré pronto. aquí he pensado, claro, lo siguiente…

la resolución de mi problema existe. pero es tan imperante, definitiva y exigente. para eso se me pide largarme del todo y renunciar a lo grande, como si se sumaran de un golpe todas esas abdicaciones pequeñitas y naturales que hacen la parte esencial de mi curriculum, y de las que vienen. –ay, es tan difícil: yo tengo que irme. (quiera Dios y lo pueda). eso es lo que apremia. sería tan bueno que pasara eso, tener ese valor imprudente…

lo difícil no es renunciar a lo que yo quiero –eso se logra al consentir en que existe. así, como en el poema de Rilke:

 

no necesito verte aparecer:

nacer ya me ha bastado

para perderte un poco menos.

 

lo tremendo, lo cruel, lo violento… lo transhumano es renunciar a lo que no quiero. a lo que ni siquiera advierto que es parte mía, a la cosa más animal que tengo, como respirar o la sombra.

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(pd: a próposito de la fecha en el título, estas coincidencias…)

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