máquina de escribir

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despertares

Agosto 27, 2008 · Dejar un comentario

05:36 am. otra vez me he hecho caso al impulso y a la sinrazón de levantarme de un golpe de la cama, cuando el resto de las cosas –la costumbre y la rutina, por ejemplo; el cuerpo incluso– me inclinarían a no hacerlo. no tengo ninguna obligación, ni a qué hacerlo o a dónde deba ir, y de mi cuerpo puedo asegurar que sigue cansado. pero de nuevo la sensación es muy satisfactoria y estoy contento. dentro de unos momentos vendrá el alba. por ahora, he vuelto de pasear un poco por lo más reciente de esta noche a punto de terminar.

hay lluvia por doquier; su intensidad tupida y el cuerpo de cada línea es tan delgado que por direcciones inéditas el viento la mueve y surte a placer. yo tengo un enjambre brillante por silueta y por sombra mientras camino; una algarabía de pequeñas astillas satura la inmediación reventándose en mí cuando trascurro por dentro de su ámbito: un fresco o amablemente frío acontecimiento.

son este tipo de situaciones en las que el tesoro de mi soledad me recuerda por qué lo amo. me da por pensar que, si pudiera apartar y colocar según mi arbitrio el resto de mis instantes en esta vida, me gustaría acomodarlos todos sólo en estos breves lapsos de cada día –poco antes de amanecer y unos cuantos metros más amanecer adentro. pienso que de este modo podría vivir más de 300 años, aunque tal vez el que sólo lo haga así por los años que me corresponden y me quedan valdría tanto la pena.

es que inmediatamente, y en acto, entiendo que es suficiente. tampoco quiero explotar esta hermosa sensación y ser sólo y solo tan feliz. las calles están vacías, y al racimo de luz disfrutado por los faroles, desde ventanas que podría contar con los dedos, se integra la porción iluminada que derraman los edificios. el sonido de la ciudad, que más tarde será indistinguible del día mismo y que se confundirá con vivir aquí o (lo que es igual) ser humano y estar vivo, es tan nítido ahora que resulta bellamente frágil y verdadero, fácil de cercenar, acoger y cerrarlo en la medida de un puño que –me place saberlo en esa proporción– es también la de mi corazón.

qué diferente soy a quien hace menos de 4 horas se echó a dormir sin deseos de hacerlo y sólo muy cansado. mis últimos pensamientos en la vigilia anterior los dedicaba al tedio: me preguntaba a qué horas debo de dormir y de qué lado hasta que se me cerraron los ojos, sin concluir de ello nada. pero qué distancia media y crece desde eso que se ha convertido en una isla despedida hace ya tiempo hasta esta barca en que, parece, avancé. y cuánto me satisface saber que lo siento y que lo siento más, aun por encima de la fatiga de mi cuerpo que no se colmó de descanso.

miro por mi ventana abierta cerca de donde escribo. el sol está por salir; pero antes, cuando el gris nublado moja el ras de las superficies, las unta de un brillo cuyo mecanismo prescinde de él para acontecer en los ojos la figuración que efectivamente descubre. deja ver las cosas en su facultad de ser además visiones, y en la mía de ser sujeto de sorpresa y de integrarme en un ángulo que ha empotrado en mí la revelación –y que también soy yo.

no podré continuar más despierto dentro de poco. con alta fidelidad presiento cómo entraré al sueño con mi cuerpo mientras afuera el sol hace lo mismo con el día, y unas cosas ocupan su lugar y su sede desalojan las otras para que el tiempo tenga cabida y, por ejemplo, yo sea por uno de estos momentos quien soy y no esté ni bien ni mal dejar de serlo durante los otros, todavía.

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