La poesía, sesión 7: Aullido, por Carolina Olguín y Marcos Mariano

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El himno de una generación que volcó el siglo XX rompe el séptimo sello de la inercia desatando un “tour de force” de anarquía verbal y belleza salvaje en la voz de la poeta Carolina Olguín y de Marcos Mariano.

La lectura tendrá lugar este primero de junio a las 8:40pm en La casa del árbol (Juan Aldama número 520, entre JI Ramón y 15 de mayo). La entrada es libre, con cooperación voluntaria (pero cooperación) para la organización. Si te gusta promover la lectura, agradecemos tu asistencia y que reenvíes este mensaje o compartas el evento en tu FB para que la poesía sea conocida por más. ¡Trae lo que vayas a tomar o comer!

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He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche, quienes pobres y andrajosos y con ojos cavernosos y altos se levantaron fumando en la oscuridad sobrenatural de los departamentos con agua fría flotando a través de las alturas de las ciudades contemplando el jazz.

Allen GINSBERG: Aullido -fragmento.

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[perfume de gardenias]

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voy silbando mujeres desnudas que gozaban en verano los viejos del piso 6

soles de que sonríen desbandan los ventanales la víspera explanada
afuera hay una paciencia de rombos en cuclillas
canto el desate de listones en el mórbido júbilo
di las perlas donde se abren las estrellas que más saben

[silbo]

cruzado en la boca un pararrayos

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[ética del fervor o desear la vida como si fuera agua y...] Zizek/Chesterton

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“En la medida en que la “muerte” y la “vida” designan para San Pablo dos posiciones existenciales (subjetivas) y no dos hechos “objetivos”, estamos plenamente justificados para formular la misma cuestión que él se planteó insistentemente: ¿quién está hoy realmente vivo?

¿Y si estuviéramos “realmente vivos” únicamente cuando nos comprometemos con una entidad excesiva que nos sitúa más allá de la mera “existencia”? ¿Y si, cuando nos centramos en la mera supervivencia, aun en el caso de que podamos calificarla como “pasarlo bien”, lo que estuviéramos perdiendo fuera, en último término, la propia vida? ¿Y si el palestino que comete los atentados suicidas en el momento de volarse a sí mismo (y a otros) por los aires estuviera, en un sentido enfático, “más vivo” que el soldado estadounidense que toma parte de una guerra frente a la pantalla del ordenador, combatiendo contra un enemigo a cientos de miles de millas de distancia, o que un yuppie neoyorkino que hace jogging por el río Hudson para mantener su cuerpo en forma? O, en términos psicoanalíticos, ¿y si un histérico estuviera verdaderamente vivo, en su permanente cuestionamiento excesivo de su existencia, mientras que un obseso encarna el modelo mismo de optar por una “vida muerta”? En otras palabras, ¿no es el objetivo final de sus rituales compulsivos prevenir que “algo” suceda, siendo ese “algo” el exceso de la vida misma? ¿No es la catástrofe que teme el hecho de que, finalmente, algo le ocurrirá realmente a él o a ella? [...].

Es una paradoja propiamente nietzscheana que la mayor perdedora de esta aparente afirmación de la vida en contra de todas las Causas trascendentes sea, en realidad, la vida misma. Lo que hace que la vida “merezca ser vivida” es el propio exceso de vida: la consciencia de que existe algo por lo que alguien está dispuesto a arriesgar su propia existencia (este exceso puede recibir el nombre de “libertad”, “honor”, “dignidad”, “autonomía”, etc.). Sólo cuando estamos dispuestos a correr riesgos estamos realmente vivos. Chesterton argumenta esto mismo a propósito de la paradoja del coraje:

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Si un soldado, rodeado por sus enemigos, pretende abrirse paso, necesita combinar un fuerte deseo de vivir con una extraña indiferencia hacia la muerte. No debe simplemente aferrarse a la vida, de hacerlo sería un cobarde, y no escaparía. No debe simplemente esperar la muerte, porque entonces sería un suicida, y no escaparía. Debe procurar su vida con un espíritu de furiosa indiferencia hacia ella; debe desear la vida como si fuera agua y aun así beber la muerte como si fuera vino. [Chesterton: Ortodoxia]”.

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[Zizek: Bienvenidos al desierto de lo real -fragmento]

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[apunte / los fantasmas de la hospitalidad]

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[lo que extraño de estar lejos del lugar al que fui dado, es esa sensación de indolente eternidad; una suspensión, ciega, de la premura residente. no debes nada en un sitio que jamás te aguardó; ni siquiera el saludo a los extraños que te conocen por azar y no por coincidencia. en cambio... aquí, en tu lugar, siempre está la pesadumbre de tener que dejar algo por cada centímetro que cobra tu registro sobre la inercia rumbo a

donde vas a acabar.]

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[2004] un inventario

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a mi hermano, Carlos Guajardo

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escribo bajo una lámpara. en un cuarto solo, de madrugada, sobre madrid. como en los clisés —súmesele a esto que quien lo escribe soy yo

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la música que hace en mi oído es suficiente

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en incertidumbre, pensé en acuñar mi destino como una moneda, y ponerla en las manos de Dios. eso, hace un momento

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el desierto, junto, hace otro. todos los días, mi memoria —se deshoja: si pienso el aire, se ha puesto lacio en la estela de tu cabello. molinos de castaña

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[ soñé que sacaba uvas del cabello de ilinca ]

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sigue la imagen del domingo en amanece soleado. como si lloviera rayos frescos, suave

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fue una moneda el movimiento de los panes. de los peces, lo fusiforme, un movimiento. y del vino, un pez

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escarlata: tiene más de tres lados. en la mano sólo cabe uno; entre los dedos revientas todas las cuerdas posibles de una guitarra

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el aire es el sitio del cambio. la harina lo es del hambre. el animal en la boca del mar, hecho sangre, clarea

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mi padre cortaba hierba para que mi hermano y yo jugáramos en el patio. nosotros lo hacíamos adentro, o no jugábamos. la cosa era simple y verde —el cariño

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un árbol que hablaba poco entre sí, levantado en quietud. una robusta alegría, austera

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yo salía ahí cuando llovía o corría mucho aire. hacía tanto calor en el verano

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el aire de este cuarto se apila de horas. entonces toma color: es malva por la tarde; por la noche, violeta: la vívida sensación de la resolana

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suena poroso. la fibra, crisa de barro sobre sepia, los campos (armonía) esas vetas de rojo

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he visto algunas noche enteras, hasta el amanecer. algo pasaba y cae el sol: hay cosas así

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por mi ventana entra poco viento —hay otras que no

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tengo triste el corazón o muy lejos. la célula de ser piel, tendiera tanto

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ahí mismo

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veo una bandera surcar agitándose. deja esquirlas de viento. el pájaro cruza una

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se ha puesto amarillo lo que cantaba con volar

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son palabras. los vagones de un tren, por cada ventana entraba
una y otra vez, consecutivo el bosque. hasta el último

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el tren pasó. lo que enseguida vino, fue el viento todo de un solo golpe

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frente a los rieles ya no quedó bosque, tampoco hay detrás

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algo, sin embargo, estaba pasando encima, justo en ese momento

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de los rieles se desprendieron una a una las tablas, férreamente, y los clavos subieron al sol. cuando quedaron sólo dos y y una tabla, ya estaba completo

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un cuadrado de árboles. la copa del central era más grande que los tres, y su verde

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el uno sólido

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vi, en primavera, por el centro de una manzana, cruzar todo el este. desde yo no sé dónde

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una mitad de la manzana estaba en mi mano derecha, la otra era un tigre

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las ráfagas tranversales velozmente del cuerpo del tigre es una de un poema —hecho de más— que perdí

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del otro lado. sal en blanco, el animal. óseo lo fondo: tumba

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lo que flor es. —el tiempo, futuro

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carne la forma, ya que sangre la palabra. el silencio es una —dos o tres es alguna vez plural el absoluto

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escultura al aire de vísceras, si isladas. una espada de audio, el ala clara. himnos de mediodía

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los viernes, dos veces, una por cada canto, el martes en el filo que lo hiende entre lunes y miércoles, jueves y las seis de la tarde distribuidas sobre hojas de ámbar, si es otoño. o no, la luz se ase de los huesos de diciembre, escarpa al cierzo de anillos, el sábado. neptuno, el agua: claro,

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las nuevas vidas

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[Madrid: 2004]

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La poesía, sesión 6: Belli y Segovia por Magda y Mónica Gutiérrez

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La sexta de la poesía. El más reciente de los clásicos, Tomás Segovia, y el fervor intimista de Gioconda Belli en las voces preciosas de Magda y Mónica Gutiérrez.

Nos vemos este viernes 25 de mayo a las 8:45pm en LA CASA DEL ÁRBOL (Aldama 520, entre JI Ramón y 15 de mayo) La entrada es a todo público con -aunque voluntaria- cooperación; llega con lo que tú vayas a comer o beber. Si te gusta promover la lectura, agradecemos tu asistencia y que compartas este evento entre tus contactos para que la poesía sea conocida por más.

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De tan poco que pesas mi suelo se construye
Aun estando tú lejos el amor me rodea
Aunque duerma sin ti duermo en tu lecho
No tengo yo tu amor por él avanzo
En él se pone triste esta tristeza
De tan poco que pesas es tuyo todo el suelo
Tu amor tan fácil de llevar me empuja
Tus delicados labios gobiernan hondas zonas
De quién somos si tú te llamas mía
Fue hecho para ti este ser que tus manos
tan seguras de qué tocaban han tocado

Tomás SEGOVIA, de “Sentencias Amorosas” en Anagnórisis.

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Déjame que esparza
manzanas en tu sexo
néctares de mango
carne de fresas;

Tu cuerpo son todas las frutas.

Te abrazo y corren las mandarinas;
te beso y todas las uvas sueltan
el vino oculto de su corazón
sobre mi boca.
Mi lengua siente en tus brazos
el zumo dulce de las naranjas
y en tus piernas el promegranate
esconde sus semillas incitantes.

Déjame que coseche los frutos de agua
que sudan en tus poros:

Mi hombre de limones y duraznos,
dame a beber fuentes de melocotones y bananos
racimos de cerezas.

Tu cuerpo es el paraíso perdido
del que nunca jamás ningún Dios
podrá expulsarme.

Gioconda BELLI, “Amor de frutas”.

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