máquina de escribir

este sábado en la casa del árbol…

Julio 8, 2009 · Deja un comentario

entre dr.coss y arista, centro de monterrey

entre dr.coss y arista, centro de monterrey

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tres poemas de Édgar Favela

Junio 26, 2009 · Deja un comentario

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a una muchacha que quería hacer bien las cosas

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eres bonita
y dices ser terrible
y oscura,

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me dices
que no te importo,
¿tendría acaso que
importarte si sólo nos
unió una cama?
|

me pides que te compare
con ésta y con aquélla,
qué no sabes
muchacha,
da igual o cualquiera.

|
y que me cuentas tus cosas
sólo porque estás confundida,
que las dices así nada más
y no porque sea yo
quien puede entenderlas.

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¿que no te importo?
me dices y te escucho,

|
¿que quieres hacer bien las cosas?
no, no te creo.

|

|

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sobre la ruina de las sábanas -y el ron y la oscura ambigüedad de dos o tres mujeres que besan cuando acaba la música. sobre las olas blancas que tuestan esta ciudad partida por el miedo. mañana lloverá, o tal vez no, o tal vez sólo este cuarto donde no hay música ni mujeres ebrias ni ruina ni nada que me importe tanto como para no ver el mundo, cerrar los ojos

|

y reír en silencio.

|

|

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1982

||

nosotros,
muchachos,
los que nacimos sin historia y andamos
animales torvos con la sonrisa liviana,
nosotros,
que ya sin terror ni angustia
ni nada por qué sonrojarnos
decimos
―nada es verdad
nada es verdad,
y andamos así,
ebrios de glorias caducas,
luchando causas en
las que no creemos
e idolatrando efigies
que no nos corresponden.
|

nosotros,
huecos y doloridos
porque los héroes se han ido acobardando
y las ridículas banderas nos dejaron en la mano.
|

es ya hora muchachos,
es ya hora de postrarnos ante los grandes palacios
de las grandiosas autoridades,
abracemos todos las sagradas academias
porque el arte la literatura y la poesía
y los magnánimos temas nos han servido para nada
―porque hay que saberlo
hay que saber que sabemos
porque debemos saber algo

|
cualquier cosa.
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es el tiempo,
es ya el tiempo de los que no nacimos en la guerra
ni en la entreguerra,
es el tiempo de los que quisimos hacer cosas importantes
y avasallados terminamos por lo que apenas vimos
con el rabillo del ojo
―pero hemos visto la furia,
la furia
la furia en los ojos indiferentes de la muerte,
la hemos visto
y entonces gritemos
gritemos
porque también es testimonio
e importa…
|

es ya hora muchachos,
digámoslo ya
―no creemos en nada,
nada sirve para nada,
llenémonos la boca con la
tragedia de nuestra ingenuidad

y estemos tranquilos,

porque hay que decirlo
―hay que decirlo y gritarlo nuevamente,
porque se debe hacer
es necesario
es nuestra responsabilidad,
debemos hacerlo…
|

muchachos,
es la hora,
sabemos que sabemos,
pregonemos pues el fin de los tiempos,
la caída de todos los imperios
y la muerte de todas las historias
y cantemos
cantemos
cantemos honestamente
―porque hay que gritarlo
hay que decirlo
aunque ya casi todo
nos provoque una risotada macabra.
|

muchachos,
estemos tranquilos,
sentémonos en la gran mesa redonda,
mirémonos los rostros
y las sonrisas
y bebamos el último vaso de la noche,

|
porque hay que comprenderlo,
porque sabemos que sabemos,
porque sabemos que debemos saberlo,
porque debemos,
debemos
|

|

―y eso es suficiente.|

 

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lectura de obra

Junio 19, 2009 · Deja un comentario

favela_guajardo

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la contingencia y el pesar -y este furor

Mayo 25, 2009 · 3 comentarios

 

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00:47 –todo el día que terminó quise escribir una historia viva que tenía en la cabeza, una historia que sonaba como esta canción. pero no tuve tiempo, primero; después no tuve lucidez ni fuerza ni serenidad. ahora tengo el furor del pesar y escribo la venganza, tristeza embravecida, en detrimento de mi único deseo del día de antes, y no estoy en la velocidad que amo sino en lo turbio de un desplome bocarriba, rendido y pagano

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como un puerco existe en el fango

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ante la estrella alternativa de la incompletitud.

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once -fragmento

Mayo 15, 2009 · 1 comentario

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i

dame esta isla móvil

déjame esta nave asentada

 

|||durante la vereda

 

veré el cielo transcurrir

durante la vereda

 

|||allí, do reverbera

 

el caliente, el gran hangar.

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iii

sólo hubo una vez

el plazo de una gota

un dígito de lluvia

luego

 

|||la estrella continua

 

su premura

instala la apertura

de sedes con violencia

que surcará dulcemente

donde ya no pueda ver

mientras, clara, aquí

 

|||la proa del océano

 

quedó otra vez

y tantos cuerpos adelante

 

|||la sombra tarde de mi isla.

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iv

siento agruparse las derivas

para volver mi cuerpo

 

|||con la piel pactan brújulas y talismanes

|||monóculos, relojes y el guardapelo sonoroso

 

la adhesión concilia chispas, algas y muñones

si de entreverar tesoros, acuden los deltas rojos

 

|||—me buscan, y los perdieron otros

 

convertiría en cabellos cada brillo

pero ya no tengo tiempo.

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vi

¿son los clavos hermosos

que atan este resplandor? |||||||||||||||||||||||||||||son. los rayos, al azar, de miel

cuando dejan, sujetando al delgado filamento

las cometas tintinear

repican la colmena

hacen un momento |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||en los ojos y el oído

la textura, el aroma y el gusto

de gozar la división, a punto

cuando cabe interrumpirlo.

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vii

por las manecillas de mi ventana

abrí los pájaros

|

corría tanto cristal. velocía

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viii

la sensación del tropel de pétalos

recapitula un jardín pesado

las flores no soportan al perfume, y los animales

fallan en la instantánea su actitud. es incomprensible

que hayan vuelto a morir

los perros muertos, y los huesos

caigan en otra parte.

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—coro

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2) … mi fruta autónoma, mi metaisla: mi arborece.

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9) la dilatación florida de mercurio

la orilla a fingir el aire, la

reproduce altura

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y suena a la historia del calor.

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10) el milagro de esa fruta es su aptitud

para cambiar de forma, para cambiar de fondo

de raíz, de sombra: para cambiar de sol

|

para cambiar de cosa

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11) de sedes ante el surtidor de aguas iguales

y de distinguir entre sus potencias iguales a

el surtidor: la invención del número y

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—el fin del coro.

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|

x

sumarlo miente sobre los perros pero es idéntico al cielo

siamés de mi isla.

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|

xi

ni ida vida, vía viva: la dádiva, ni la divida.

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había una vez la eternidad

Mayo 4, 2009 · 1 comentario

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1. (flashbacks)

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“una vez ||| convertido en el pararrayos

el animal de resolanas en el que persistí

mutante durante la estepa alta

mi sombra y mi objeto para cruzar

entre una muerte y otra (…)

|

o cuando el futuro hizo en mí su final de plata

más allá de quien ella en electricidad signifique

y aun del más reciente que fui…

-del poema scarecrow

||

|

||

“(era el animal de mi fin)

|

por la incidencia de los rayos de la estrella durante

desvolverá su brillo a donde no. se ovillará

su avalancha a la anitinieve cuyo frío prescinde de helar y su venida

de inclinación y vértigo. yo registro la omisión vívida y

el perfume de la ida (…)

||||||||por la reincorporación a donde no estuve antes. por

cercenarme cáncer airado contraído en época natural por

una inexistencia extraordinaria…”

-del poema siberia

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0.

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oh ¿qué mejor? gran ardentía

aparecer cantándote en la inmediación

en el hangar temblando del resquemor

y saber que sí se llamó milagro

lo que por doquier y sin explicación

|

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juré en llamas que eras tú

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teoría de la compensación

Abril 30, 2009 · 5 comentarios

 

 

la pelota que arrojé cuando jugaba en el parque

aún no ha tocado el suelo.

―Dylan Thomas.

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30 de abril, y ni un niño en la calles.

pero los que quedamos en ellas (disfrazados o no), y los que desde dentro de las casas rinden a este "espacio libre" un respeto inspirado por el miedo, ahora que transitar se ha vuelto para la mayoría una cuestión peligrosa, y que lo dispersivo, lo anónimo y el azar han adquirido el semblante difuso del monstruo de la más reciente película de espanto en la noche de no saber ―por la que insistimos en cubrirnos con la sábana, sin dejar por eso de temblar…

muchos de nosotros nos comportamos como lo peor que juzgamos de los niños cuando decidimos dejar de serlo en pos de convertirnos en eso cuyo (presunto) ideal más alto ahora traicionamos: individuos.

ah, gran tristeza de obedecer, y gran tristeza de creer en (que existen) los mayores.

 

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Vamos juntos los dos

a ver al sapo

verás cómo niños se abrazan

y juegan a la pelota

a la sombra del sapo

 

y cómo el ser se rinde

a la sombra del sapo.

 

―Leopoldo María Panero.

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(por la mañana de ayer pensé en cuánto ama mi ser dudar, y lamenté el que, de pronto, parecería que no era mi gusto sino mi obligación hacerlo. rabia contra la homogenización de mis pasiones en tareas, y de mi ocio en responsabilidad ―lo que yo quiero es capricho.)

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sobre (el temor de) la enfermedad

Abril 28, 2009 · 4 comentarios

―y, ¿dónde está la enfermedad?

―¡pues en el aire, pendejo!

(conversación entre dos niños,

escuchada al paso)

hoja suelta del lunes 28 de abril, 1023 pm –a propósito del hecho de la paranoia colectiva, justificada o no según la existencia (aún, a lo menos y por muchas razones cuestionable) de la epidemia de influenza en el país, tengo algunas impresiones que resultan a la fecha precipitadas, innecesarias, irresponsables, frívolas, superficiales, tan parciales, comprensibles y sobre todo sintomáticas -en cualquier caso, se obvia, subjetivas.

regresé por la mañana de este lunes a Monterrey desde Guadalajara, donde había pasado la semana previa. al interior de la terminal de autobuses el tránsito humano lucía una disposición significativa: no es que la gente caminara más despacio, entre un individuo y otro mediaba un trecho inhabitual: mayor –y ejercido con más vehemencia desde los que ya portaban el cubrebocas.  en apariencia, al salir de la terminal la situación era la misma.

sin embargo, la amplitud del cielo de la mañana o la libertad y apertura de las calles, y la diferencia proporcional entre el número de la población de un lugar determinado como la terminal de autobuses al lugar indefinible que es la intemperie de la ciudad, sumado a la calidad de sujetos en tránsito del primero, y de residentes del segundo, reveló algunos matices sobre la exacerbación de la diferencia en una situación así

mi observación (y aquella de otro orden que la complementa, o de la que fui objeto) es inseparable de los datos siguientes: mi tráfico por la ciudad se redujo a las cercanías del perímetro de la terminal y durante él me abanderaban el lastrar con una maleta grande y mi apariencia desgastada por la acumulación de días sin cumplir con el horario básico de sueño y sí la acometida de algunos excesos festivos. es decir, era presumible que yo venía de fuera, y evidente que no lucía saludable.

en la calle la gente se alejaba más de mí, que de la mayoría del resto –o yo lo sentía así. a primera vista, tuve la impresión de compartir con los vagabundos, los discapacitados y las prostitutas de la zona la destinación extra de una distancia de por sí anómala en lo cotidiano, sobre todo en lo cotidiano de un área donde por lo regular nadie quiere permanecer (ese no-lugar se diría por ahí) pero por la que todos necesitamos pasar, un trecho donde los concurrentes se apuran unos a otros, se rebasan y, a veces, hasta se empujan.

en la tienda donde compré un vaso de café, el “¿es todo?” de la cajera fue pronunciado abriendo lo menos posible los labios, y una vez que advirtió que yo llevaba en mi mano abierta el costo exacto, tuvo ingenio para entretenerse en otra cosa hasta que yo entendí que  debía dejar el dinero en el mostrador, sin exponerla al riesgo de tocar sus manos.

salí con el café y me detuve cerca, para tomarlo y fumar.  ahí, corregí mi impresión sobre la destinación extra de exclusión que unos momentos antes creía compartir con aquellas minorías. la dosis de quienes de veras integraban estas fracciones aumentó. el mendigo que se acercaba extendiendo la mano pedigüeña, parecía (a juzgar por la premura con que le huían) acezar con este movimiento la agresividad de un perro invisible y feroz.

(él había estado acercándose a objetivos visiblemente más capacitados que yo para responderle, pero ante un desprecio mayor por parte de éstos y percatándose de que lo miraba, recorrió varios metros hasta mí sonriendo y me pidió, no dinero, sino un cigarro. se lo di, y yo también me fui de ahí).

cuando abordé la ruta para llegar desde ese punto hasta casa, no estaba llena como de costumbre; la ocupación de los pocos asientos atendía a una disposición semejante a la que mantenían entre sí los transeúntes en las calles. de pronto, alguien en la segunda hilera de butacas estornudó. y alguien de las últimas se apresuró a decir “¡salud!”. sin embargo, más que un dejo de protocolo o el cariz de un deseo, la expresión poseía la rigidez ofensiva de lo imperativo (se oía como se oye una orden) y la mezquindad (triste) del dedo delator.

*

glosas –por la tarde recordé unas líneas de Bataille que evocadas en otras ocasiones me han parecido, a lo menos, verosímiles.

Los hombres se desconocen en el bien y se aman en el mal. El bien es la hipocresía. El mal es el amor. La inocencia es el amor del pecado.

a priori, y en su proporción, pensé que situaciones pequeñas como las que observé  esta mañana desmentían este supuesto de Bataille, el cual es poco (pero aún) esperanzador. en concreto, pensé: los hombres se desconocen en el bien y también en el mal; si Bataille sugería que la catástrofe, reuniendo a las personas aunque fuese en contra de ella, o la emparentación de la enfermedad en común, lograban alguna cercanía…  nada: ni eso siquiera.

enseguida pensé un poco más y, también, me reí de mí -o lo quise. luego afirmé, actual, que esto no era una catástrofe, sino (al menos así sentida) la amenaza de ella. con la pregunta de la tercera reacción (¿ejercía la condición de hecho o la de posibilidad una diferencia verdadera?) me han venido muchas más –entre ellas si la hiperrealidad de la posibilidad, el ejercicio activo de la ficción, no convierte a la paranoia en el desastre mismo.

*

martes 28 de abril, 0139 am –a esta hora en que voy a cerrar el texto siento la inclinación visceral (o la intuición) por que sea en la última parte de la frase de Bataille

La inocencia es el amor del pecado.

en la que yace  (de haberlo ahí) algo de respuesta para la cuestión que he tratado de nombrar.

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carmen

Abril 27, 2009 · Deja un comentario

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cada día me gustas más

y mañana es el último día

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pero aún mañana no es el colmo de lo que me gustas.

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de (strange place for snow)

Abril 13, 2009 · Deja un comentario

 

 

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tres caprichos

 

 

1, aún

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quiero que las coronas girantes

dejen de hacer eso

y de untar

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diamantes aún en las paredes idas.

 

 

2, blanco

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quiero que el cisne que vive en mí

se convierta en un helicóptero blanco

y que sus poderosas aspas

destacen mi corazón que gira.

 

 

3, rocío

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quiero que me corten las estrellas

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con las inmediaciones

ya no quiero ver más nada

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mientras apaciento llorando oro y rocío

rumiando solo en el gran solar.

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(strange place for snow)

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esta casa era más amplia por dentro que por fuera. desde el campo

la fachada era oclusiva, y las ventanas

parecían querer entrar. ¿qué había? yo sentí que alguna vez

fui las ventanas –toda esa vez, porque era una sola vez muy grande.

iluminada como se llena un globo

la sensación de los límites dejaba la impresión del revés de la lana

el empotrado del cordero. y habitar en la casa era

ser el animal desnudo, que crece

entrando en los cristales el pelambre blanco y presintiendo casi

rozar allá fuera, como derrapar apaciblemente la cámara lenta

dejando el rastro de la piel en nubes, hecho el cielo

nada más por existir o estar ahí –mientras atardece

o hace frío el blanco en los ojos, y

nada en el corazón. como adornar la estación de lejanía

con retratos de la nieve, o algo extraño

que sucedió –y ya no.

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viernes, 3 am

Abril 10, 2009 · 1 comentario

“cuál mi explicación / esto me lacera de tempranía”. salí esta noche a los bares (vengo de allá: estoy ebrio); pensaba que quería distraerme y encontrar alguna muchacha –nada de eso. una vez estando ahí, me avasalló la cosa congruente. me coquetearon muchachas, varias y directo –no me importa.

ninguna de ellas era quien me importa (pero no solicitaré más) ni la única que, a mí… y a quien, tal vez, yo… (y me prohibí verla), y tampoco aquella que está irrevocablemente lejos de importarme así –como cuando lo hizo muchísimo y, en su vértigo, más verdadero y más fuerte.

pero si no son ninguna de ellas (ni se les parecen en lo mínimo) por mí pueden dejar de ofrecérseme: jamás las tomaré. (ni siquiera espero y, en absoluto, no quiero toparme a ninguna parecida a esa, de quien –ya completamente sin ella– seguiré estando hecho). en cuanto a las demás… no las quiero para mí ni me importa conocerles –ni para nada.

así que cuando, estando en el bar, me di cuenta de eso… procedí a largarme. luego he llegado a la que desde ayer es mi casa número 22, de donde también me iré pronto. aquí he pensado, claro, lo siguiente…

la resolución de mi problema existe. pero es tan imperante, definitiva y exigente. para eso se me pide largarme del todo y renunciar a lo grande, como si se sumaran de un golpe todas esas abdicaciones pequeñitas y naturales que hacen la parte esencial de mi curriculum, y de las que vienen. –ay, es tan difícil: yo tengo que irme. (quiera Dios y lo pueda). eso es lo que apremia. sería tan bueno que pasara eso, tener ese valor imprudente…

lo difícil no es renunciar a lo que yo quiero –eso se logra al consentir en que existe. así, como en el poema de Rilke:

 

no necesito verte aparecer:

nacer ya me ha bastado

para perderte un poco menos.

 

lo tremendo, lo cruel, lo violento… lo transhumano es renunciar a lo que no quiero. a lo que ni siquiera advierto que es parte mía, a la cosa más animal que tengo, como respirar o la sombra.

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(pd: a próposito de la fecha en el título, estas coincidencias…)

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everybody knows, de leonard cohen

Marzo 29, 2009 · Deja un comentario

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aquí y ahora

Marzo 27, 2009 · 3 comentarios

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                                   “es un conocimiento al que sólo puede llegarse con…

 

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el ejercicio de mi cisne

su delicada intempestiva, la exposición a su yacimiento anterior

vivir cada vez en los hangares temblando de su ida

su sombra es la ocurrencia y resulta aquí despliegue

aun así, ¡señores! aquí tiene toda potestad, y las venias 

es inocente. si tiene que ser su ominosa inutilidad: hágase

caprichos santos

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            por uno soy yo a veces

            el que lo dice, por otro

           el resto es tan posible que nunca

            durante tanto tiempo no, nadie. es capaz que muera de víspera

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pero es cierto. ahora dice que toda verdad debería comprobarse

por su facultad de convertirse en canto, derrapar por la música

sin detenerla. dejarse oír como una crema por el baile

como una crema se unta como un aire

suficiente para el aire

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            si no puede cantarse, no es cierto

            si no puede cantarse, no es de donde yo tengo una sed famosa por la que

                 [dará cuenta mi vida

            y canta mi omisión

            si no puede cantarse, sólo es de donde yo estoy

            y el cisne parece que se atreve –pero es

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hace mucha distancia, hasta aquí. su gracia es extraña como una afrenta

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                                                                                                                  -a mi hermano Edgar Favela

                                                                                  —

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sin título

Marzo 21, 2009 · Deja un comentario

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traza a golpe de bengalas el día en la noche de la isla

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el tigre precisa enceguecer de alba

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“the last picture show”

Marzo 17, 2009 · Deja un comentario

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“Me gustaba el océano, caminar por la playa, sentarme

y escucharlo… ahora no me importa si no lo vuelvo a ver

―Eso, o cualquier otra cosa”|

They Shoot Horses, Don’t They?

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una vez que se han visto filmes como They Shoot Horses, Don’t They? (Pollack, 1969), The Last Picture Show (Bogdanovich, 1971) o Les invasions barbares (Arcand, 2003); que se ha leído a Cortázar, Cioran, Lispector, Kundera, Papini y Musil; consintiendo en que uno vive con la poesía de Vallejo, Pessoa o Rilke, o en general con la poesía -de tener la desgracia bendecida ante su constante exposición

pero sobre todo ahí donde uno sigue jactándose de creer en Dios, y de buscar la verdad o preocuparse por la justicia, estar en paz siquiera o (a lo menos) intentar ser feliz; ahí donde a pesar de todo es innegable percatarse que hemos yacido a contrapelo de un milagro, o a sus expensas, y que ser humano es mucho más y de veras que lo que hacemos a diario (e incluso casi todo lo contrario de eso que hacemos o en lo que nos confundimos)…

a fin de cuentas, algunos años después de haber nacido, de comenzar a morir, es que resulta tan congruentemente insufrible seguir quedándose nomás en esto, y que es tan apremiante un golpe de fe brutal que sacuda nuestro nombre del rostro y a nosotros de aquí como en la soledad del corredor de fondo.

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Bogdanovich, 1971


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(así se hace)

Marzo 5, 2009 · Deja un comentario

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ya no es más mío mi amor: ahora existe

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como un animal amistado con la resolana

luce en tu cuerpo cuando eres feliz ante el sol

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7am en off

Febrero 15, 2009 · Deja un comentario

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veloz|||  ||

entrecalles||||

concursodeamanecer”

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3 poemas a punto del círculo polar ártico

Enero 30, 2009 · 1 comentario

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I, experimentarte

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yo no sé de qué estás hecha –yo

lo siento

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y vivo tu existencia

como una temporada violenta y natural

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ando en tu intemperie y soy

tu tundra, sin más conocimiento de tu acto ni advertir

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que la sorpresa de tu nieve desnuda en mi piel es la piel

sin límites y ras que llevo por donde ando

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mientras vivo en la siberia llena y

contigo en todas partes, avanzo en mi vida y en mi muerte

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||

II, ojo de tigre

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igual que estar ceñido por doquier de coronas

de cobalto y níquel

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como un tigre de liquen

ártico velozmente constituido en aurora

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es mi visión igual

al légamo celeste y a su vista

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como una intemperie de piel animal

a ras de mi vida

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su constelación hierve de nieve

con fiebre de 360 límites

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III, en el himno

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|||||||| la vertida

||||||||||||tú eres la que arriba

|||||||||el cielo es una sombra de tu cántaro

||||||||||||tú eres su futuro

|||||||||te escuchas a frente de cauce

||||||||||||tú eres el tumbo bocarriba

|||||||||haces peces mis oídos y mis peces ojos

||||||||||||tú eres la vista música

|||||||||abrirlos velocidad adentro es llegar

||||||||||||tú eres el acceso y el hangar

|||||||||o azul inmediato, ah punto del círculo

||||||||||||

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|||||||||eres cada vez el colmo de la alta acuarela

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cierzos –pequeña antología personal de la obra de Antonio Gamoneda

Enero 28, 2009 · 1 comentario

gamonedavallejo|
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Te beberé el cabello
Y cerraré los ojos.

Tú seguirás manando
tu cabello

turbio de besos.

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Todos los árboles se han puesto a gemir dentro de mi espíritu
al recordar tus bragas en la oscuridad, la luz debajo de tu piel,
tus pétalos vivientes.

Atravesando los aniversarios, a veces viajan las palomas ebrias.
Venga desnuda tu misericordia, ah paloma mortal, hija del campo.

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Como si te posases en mi corazón y hubiese luz
dentro de mis venas y yo enloqueciese dulcemente;
todo es cierto en tu claridad:

te has posado en mi corazón,

hay luz dentro de mis venas,

he enloquecido dulcemente.

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Ha venido tu lengua; está en mi boca
como una fruta en la melancolía.

Ten piedad en mi boca: liba, lame,
amor mío, la sombra.

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En la humedad me amas
y eres azul en tus pezones. Hablas
suavemente en mis labios y regresas

a tu prisión en la melancolía.

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|||||||Amor

Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.

Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.

Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.

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|||||||Estar en ti

Yo no entro en ti para que tú te pierdas
bajo la fuerza de mi amor;
yo no entro en ti para perderme
en tu existencia ni en la mía;
yo te amo y entro en tu corazón
para vivir con tu naturaleza,
para que tú te extiendas en mi vida.

Ni tú ni yo. Ni tú ni yo.
Ni tus cabellos esparcidos aunque los amo tanto.
Sólo esta oscura compañía.
||||||||||||||||||||||||||||||||| Ahora
siento la libertad.
|||||||||||||||||||||Esparce
tus cabellos.
|||||||||||||||Esparce tus cabellos.

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Amor que duras en mis labios:

hay una miel sin esperanza bajo las hélices y las sombras de las
grandes mujeres y en la agonía del verano baja como mercurio
hasta la llaga azul del corazón.

Amor que duras: llora entre mis piernas,
come la miel sin esperanza.

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Madre: quiero olvidar
esta creencia sin descanso. Nadie
ha visto un corazón habitado:
¿por qué este pensamiento irreparable,
esta creencia sin descanso?

Estar desesperado,
estar químicamente desesperado,
no es un destino ni una verdad.
Es horrible y sencillo
y más que la muerte. Madre:
dame tus manos, lava
mi corazón, haz algo.

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Existe el mar en las ciudades blancas,
coágulos en el aire dulcemente sangriento,
sábanas en la serenidad.

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Existen los perfumes inguinales, lenguas en las heridas femeninas
y el corazón está cansado.

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Entra con tus campanas en mi casa, pastora ciega, sin embargo,
como si no tuviera la dulzura su fin aún en las ciudades blancas.

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He envejecido dentro de tus ojos; eras la dulzura y el exterminio
y yo amé tu cuerpo en sus frutos nocturnos.

Tu inocencia es como un cuchillo delante de mi rostro,  pero
tú pesas en mi corazón y, como una miel oscura, yo te siento
en mis labios al ir hacia la muerte.

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Alguien ha entrado en la memoria blanca
, en la inmovilidad
del corazón.

Veo una luz debajo de la niebla y la dulzura del error me hace
cerrar los ojos.

Es la ebriedad de la melancolía; como acercar el rostro a una
rosa enferma, indecisa

entre el perfume y la muerte.

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Tu cabello encanece entre mis manos
y, como aguas silenciosas,
nos abandonan los recuerdos. Siento la frialdad de la existencia
pero tu olor se extiende en las habitaciones y tu lascivia vive en
mi corazón y entra mi pensamiento en tus heridas.

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Eres como la flor de los agonizantes

que es invisible mas su aroma entra
en la sombra nasal y es la delicia,

todo en la vida, durante algún tiempo.

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Nuestros cuerpos se comprenden cada vez más tristemente
,
pero yo amo esta púrpura desolada.

Ah la flor negra de los dormitorios, ah las pastillas del amanecer.

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Sábana negra en la misericordia:

Tu lengua en un idioma ensangrentado.

Sábana aún en la sustancia enferma,
la que llora en tu boca y en la mía
y, atravesando dulcemente llagas,
ata mis huesos a tus huesos humanos.

No mueras más en mí, sal de mi lengua.
Dame la mano para entrar en la nieve.

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Vi

montes sin una flor, lápidas rojas,
pueblos
vacíos
y la sombra que baja. Pero hierve
la luz en los espinos. No comprendo. Sólo
veo belleza.
|||||||||||||||Desconfío.

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No tengo miedo ni esperanza
. Desde un hotel exterior al destino, veo
una playa negra y,  lejanos,  los grandes párpados  de  una ciudad cuyo
dolor no me concierne.

Vengo del metileno y el amor; tuve frío bajo los tubos de la muerte.
Ahora contemplo el mar. No tengo miedo ni esperanza.

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A la penumbra auricular no viene nunca el sonido del amanecer.
Muge el silencio en las ocultas bóvedas y se desliza en tus
membranas. Silban los pájaros y tu pasión es sorda.

Tú ya no estás en tus oídos.

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¿Quién viene
dando gritos, anuncia
aquel verano, enciende
lámparas negras, silba
en la pureza azul de los cuchillos?

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|||||||(fragmento)

Mi memoria es maldita y amarilla como un río
sumido desde hace muchos años.

Mi memoria es maldita. Más allá, antes de la memoria,
un país sin retorno, acaso sin existencia:

hierba muy alta y dulce, siesta en la densidad: aquella
miel sobre los párpados.

Era la exudación y penetraba el tiempo. los insectos
se fecundaban sin cesar y la serenidad nos poseía.
Pero aquel tiempo no existió: sucedió en la
inmovilidad como la música antes de su división.

Mi memoria es maldita y amarilla como el residuo
indestructible de la hiel.

Yo extendía membranas sobre los gritos de la inutilidad.
Ésta fue mi justicia, pero ¿qué ha quedado
de mi alma?

No me busques en la justicia. No encontrarás mi
cuerpo en las iglesias ni en profecías insufribles
como los tábanos en la lengua de los animales
muy enfermos.

Mi amistad está sobre ti y tú no estás debajo de
mi amistad. No soy yo el despojado: tu hermosura
es tenaz pero mi cansancio es más profundo
que tu hermosura.

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|||||||(fragmento)

Yo no tengo esperanza sino una pasión cuyo nombre
tú no vas a decirme.

Yo no tengo esperanza sino una pasión cuyo nombre
no va a tocar tus labios.

He cruzado mi infancia y países de morfina y largos
bosques en los que descanse y grandes alas pasaron
sobre mis ojos.

En los lugares a los que yo acudo al atardecer hay
frutos muy espesos de los que hago recolección y
mis dedos son abrasados por las luciérnagas
pero yo hago recolección y me demoro en acudir a
otros lugares, a las alcobas donde mi madre envejece
más allá de la vejez.

Y las palabras, fiebre bajo las tégulas, grumos retrocediendo,
hieles que enloquecían bajo el disfraz
del sueño,

¿qué son, qué hacen en mí cuando se ha extinguido
la verdad?

De la verdad no ha quedado más que una fetidez de
notarios,

una liendre lasciva, lágrimas, orinales

y la liturgia de la traición.

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|||||||Claridad sin descanso

Quizá me sucedo en mí mismo. No sé quién pero alguien ha muerto en mí.
También ayer olía la desaparición y estaba amenazado por la luz, pero
hoy es otro el cuchillo delante de mis ojos.

No quiero ser mi propio extraño, estoy entorpecido por las visiones.
|||||||Es difícil
poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción
de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados
y después llorar porque voy a abandonarlos o porque ellos van a
abandonarme.

|||||||Qué
estupidez tener miedo al borde de la falsedad, qué cansancio
abandonar la inexistencia y
morir después todos los días.

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Soy el que ya comienza a no existir
y el que solloza todavía.

Qué cansancio ser dos inútilmente.

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Amé todas las pérdidas.

Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.

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Tu rostro sale del espejo como un ala que abandona
el instante. Yo amo tu rostro en el espejo; yo

amo cuanto me está abandonando.

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Entra en tu cuerpo y tu cansancio se llena de pétalos
. Laten en
ti bestias felices: música al borde del abismo.

Es la agonía y la serenidad. Aún sientes como un perfume la
existencia.

Este placer sin esperanza, ¿qué significa finalmente en ti?

¿Es que va a cesar también la música?

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Siento el crepúsculo en mis manos
. Llega a través
del laurel enfermo. Yo no quiero pensar ni ser amado
ni ser feliz ni recordar.

Sólo quiero sentir esta luz en mis manos

y desconocer todos los rostros y que las canciones
dejen de pesar en mi corazón

y que los pájaros pasen ante mis ojos y yo no advierta
que se han ido.

Hay

grietas y sombras en paredes blancas y pronto habrá
más grietas y más sombras y finalmente no habrá
paredes blancas.

Es la vejez. Fluye en mis venas como agua atravesada
por gemidos. Van

a cesar todas las preguntas. Un sol tardío pesa en
mis manos inmóviles y a mi quietud vienen a la vez
suavemente, como una sola sustancia, el pensamiento

y su desaparición.

Es la agonía y la serenidad.

Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo.
En cualquier caso, ya

La única sabiduría es el olvido.

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|||||||Aún:

Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza
y la lluvia.

Ahora siento la pureza de los límites y mi pasión no existiría
si dijese su nombre.

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En heridas y sombras
puse mi vida.
y, cualquier día, de mi corazón
van a ir saliendo los insectos y
van a ser ciegos. Lástima de luz.
Lástima de luz.

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Yo  me callo, yo espero
hasta que mi pasión
y mi poesía y mi esperanza
sean como la que anda por la calle;
hasta que pueda ver con los ojos cerrados
el dolor que ya veo con los ojos abiertos.

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pensar contra sí mismo –de emile cioran

Enero 25, 2009 · Deja un comentario

Debemos la casi totalidad de nuestros conocimientos a nuestras violencias, a la exacerbación de nuestro desequilibrio. Incluso Dios, por mucho que nos intrigue, no es en lo más íntimo de nosotros donde le discernimos, sino justo en el límite exterior de nuestra fiebre, en el punto preciso en el que, al afrontar nuestro furor al suyo, resulta un choque, un encuentro tan ruinoso para El como para nosotros. Alcanzado por la maldición que los actos conllevan, el violento no fuerza su naturaleza, no va más allá de sí mismo, más que para volver de nuevo a sí enfurecido, como agresor, seguido de sus empresas, que vienen a castigarle por haberlas suscitado. No hay obra que no se vuelva contra su autor: el poema aplastará al poeta, el sistema al filósofo, el acontecimiento al hombre de acción. Se destruye cualquiera que, respondiendo a su vocación y cumpliéndola, se agita en el interior de la historia; sólo se salva quien sacrifica dones y talentos para que, liberado de su condición de hombre, pueda reposarse en el ser. Si aspiro a una carrera metafísica, no puedo a ningún precio guardar mi identidad; debo liquidar hasta el menor residuo que me quede de ella; mas si, por el contrario, me aventuro en un papel histórico, la tarea que me incumbe es exasperar mis facultades hasta que estalle con ellas. Siempre se perece por el yo que se asume; llevar un nombre es reivindicar un modo exacto de hundimiento.

Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso mas que a los secretos del desgarramiento.

En lugar de dejar al tiempo triturarnos lentamente, hemos creído oportuno sobreabundar en él, añadir a sus instantes los nuestros. Ese tiempo reciente, injertado en el antiguo, ese tiempo elaborado y proyectado debía pronto revelar su virulencia; objetivándose, iba a convertirse en historia, monstruo urdido por nosotros contra nosotros mismos, fatalidad a la que no podríamos escapar, ni aun recurriendo a las fórmulas dc la pasividad, a las recetas de la sabiduría.

Intentar una cura de ineficacia; meditar sobre los padres taoístas, su doctrina del abandono, del dejarse llevar, de la soberanía de la ausencia; seguir, según su ejemplo, el recorrido de la conciencia cuando deja de tenérselas con el mundo y se moldea sobre todas las cosas, como el agua, elemento al que son afectos, eso ya podemos esforzarnos en lograrlo, que no lo conseguiremos jamás. Ellos condenan juntamente nuestra curiosidad y nuestra sed de dolores; y en esto se diferencian de los místicos, y singularmente de los de la edad media, hábiles en recomendarnos las virtudes de la camisa de cerdas, de la piel de erizo, del insomnio, de la inanición y del gemido.

«La vida intensa es contraria al Tao», enseña Lao-Tse, el hombre más normal que hubiere. Pero el virus cristiano nos recome: legatarios de los flagelantes sólo refinando nuestros suplicios tomamos conciencia de nosotros mismos. ¿Qué la religión declina? Perpetuaremos sus extravagancias, como perpetuamos las maceraciones y los gritos de las celdas de antaño, ya que nuestra voluntad de sufrir iguala a la de los conventos en la época de su florecimiento. Si bien la Iglesia no goza ya del monopolio del infierno, no por eso nos tendrá menos anclados a una cadena de suspiros, al culto del padecimiento, de la alegría fulminada y de la tristeza jubilosa.

El espíritu, tanto como el cuerpo, paga los gastos de la «vida intensa». Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser. Y lo que a los ojos del gran chino era símbolo de decadencia, ejercicio de imperfección, constituye para nosotros la única modalidad de poseernos, de entrar en contacto con nosotros mismos.

«Que el hombre no ame nada y será invulnerable». («Chuangtzé»). Máxima profunda como inoperante. ¿Cómo alcanzar el apogeo de la indiferencia, cuando nuestra misma apatía es tensión, conflicto, agresividad? No hay ningún sabio entre nuestros antecesores, sino insatisfechos, veleidosos, frenéticos, cuyas decepciones y desbordamientos nos será preciso prolongar.

Siempre según nuestros chinos, sólo el espíritu desapegado penetra en la esencia del Tao; el apasionado no percibe más que los efectos: el descenso a las profundidades exige el silencio, la suspensión de nuestras vibraciones, léase de nuestras facultades. Pero ¿no es ya revelador que nuestra aspiración a lo absoluto se exprese en términos de actividad, de combate, que un Kierkegaard se titule «caballero de la fe», y que Pascal. no sea nada más que un panfletario? Atacamos y nos debatimos; no conocemos, pues, más que los efectos del Tao. Por lo demás, la quiebra del quietismo, equivalente europeo del taoísmo, dice mucho sobre nuestras posibilidades y nuestras perspectivas.

No veo nada más contrario a nuestras costumbres que el aprendizaje de la pasividad. (La época moderna comienza con dos histéricos: Don Quijote y Lutero.) Si elaboramos tiempo, si lo producimos, es por repugnancia a la hegemonía de la esencia y a la sumisión contemplativa que supone. El taoísmo me parece la primera y última palabra de la sabiduría: soy; sin embargo, refractario a él, mis instintos lo rechazan, como rechazan doblegarse a lo que sea, hasta tal punto pesa sobre nosotros la herencia de la rebelión. ¿Nuestro mal? Siglos de atención al tiempo, de idolatría del futuro. ¿Nos libraremos de él por algún recurso de la China o de la india?

Hay formas de sabiduría y liberación que no podemos ni aprehender desde dentro, ni transformarlas en nuestra sustancia cotidiana, ni siquiera encerrarlas en una teoría. La liberación, si efectivamente uno se empeña en ella, debe proceder de nosotros: no hay que buscarla en otra parte, en un sistema completamente acabado o en alguna doctrina oriental. Empero esto es lo que ocurre en numerosos espíritus ávidos, como suele decirse, de absoluto. Pero su sabiduría es un plagio, su liberación un engaño. No incrimino aquí solamente a la teosofía y sus adeptos, sino a todos los que se equipan con verdades incompatibles con su naturaleza. Más de uno tiene la India fácil, se imagina haber desenmarañado sus secretos, cuando nada le dispone a ello ni su carácter, ni su formación, ni sus inquietudes. ¡Qué pulular de falsos «liberados» que nos miran desde lo alto de su salvación! Tienen buena conciencia; ¿acaso no pretenden situarse por encima de sus actos? Superchería intolerable. Apuntan, además, tan alto que toda religión convencional les parece un prejuicio de familia, con la que su «espíritu metafísico» no sabría contentarse. Reclamarse de la India suena indudablemente mejor. Pero olvidan que ésta postula acuerdo entre la idea y el acto, identidad de la salvación y de la renuncia. Cuando se posee «el espíritu metafísico»», esas son bagatelas de las que uno no se preocupa.

Tras tanta impostura y tanto fraude, es reconfortante contemplar a un mendigo. El, al menos, ni miente ni se miente: su doctrina, si la tiene, la encarna él mismo; no le gusta el trabajo y lo prueba; como no desea poseer nada, cultiva su desprendimiento, condición de su libertad. Su pensamiento se resuelve en su ser y su ser en su pensamiento. Está falto de todo, es él mismo, dura. Estar a la altura de la eternidad es también vivir al día. De este modo, para él, los otros están encerrados en la ilusión. Cierto que depende de ellos, pero se venga estudiándolos, especializado como está en los trasfondos de los sentimientos «nobles». Su pereza, de una rara calidad, hace de él un auténtico «liberado», perdido en un mundo de bobos y engañados. Sobre la renuncia, sabe mucho más que numerosas de vuestras obras esotéricas. Para convenceros, no tenéis más que echaros a la calle… ¡Pero no! Preferís los textos que preconizan la mendicidad. Ya que ninguna consecuencia práctica acompaña vuestras meditaciones, no es de extrañar que el último de los pordioseros valga más que vosotros. ¿Es concebible el Buda fiel a sus verdades y a su palacio? No se es «liberadovivo» y propietario. Me rebelo contra la generalización de la mentira, contra los que exhiben su pretendida «salvación» y la apuntalan con una doctrina que no emana de sus profundidades. Desenmascararlos, hacerlos descender del pedestal en el que se han izado, ponerlos en la picota, es una campaña a la que nadie debería permanecer indiferente. Pues a todo precio, es preciso impedir a los que tienen demasiado buena conciencia vivir y morir en paz.

Cuando hace un momento nos oponíais lo «absoluto», afectabais un airecillo profundo, inaccesible, como si os debatieseis en un mundo lejano, con una luz, con unas tinieblas que os pertenecen, dueños de un reino al que nadie fuera de vosotros podría abordar. Nos dispensáis, a nosotros los mortales, unas pocas briznas de los grandes descubrimientos que acabáis de efectuar, algunos restos de vuestras prospecciones. Pero todas nuestras penas sólo logran haceros soltar ese pobre vocablo fruto de vuestras lecturas, de vuestra docta frivolidad, dc vuestra nada libresca y de vuestras angustias de prestado.

Lo absoluto: todos nuestros esfuerzos se reducen a minar la sensibilidad que conduce a ello. Nuestra sabiduría o, más bien, nuestra nosabiduría lo repudia; relativista, nos propone un equilibrio, no en la eternidad, sino en el tiempo. El absoluto que evoluciona, esa herejía de Hegel, se ha convertido en nuestro dogma, nuestra trágica ortodoxia, la filosofía de nuestros reflejos. Quien cree poder hurtarse a ella, da prueba de fanfarronería o ceguera. Arrinconados en la apariencia, a veces nos ocurre que abrazamos una sabiduría incompleta, mezcla de sueño e imitación. Si la India, para citar de nuevo a Hegel, representa «el sueño del espíritu infinito», el sesgo de nuestro intelecto, así como el de nuestra sensibilidad, nos obliga a concebir el espíritu encarnado, limitado a encaminamientos históricos, el espíritu sin más, que no abarca el mundo, sino los momentos del mundo, tiempo despedazado al que no escapamos más que a tirones, y cuando traicionamos nuestras apariencias.

Como la esfera de la conciencia se encoge en la acción, nadie que actúe puede aspirar a lo universal, pues actuar es aferrarse a las propiedades del ser en detrimento del ser, a una forma de realidad en perjuicio de la realidad. El grado de nuestra liberación se mide por la cantidad de empresas de las que nos hemos emancipado, tanto como por nuestra capacidad de convertir todo objeto en un noobjeto. Pero nada significa hablar de liberación a partir de una humanidad apresurada que ha olvidado que no se podría reconquistar la vida ni gozar de ella sin haberla antes abolido.

Respiramos demasiado pronto para poder aprehender las cosas en sí mismas o para denunciar su fragilidad. Nuestro jadeo las postula y las deforma, las crea y las desfigura, y nos encadena a ellas. Me agito, emito un mundo tan sospechoso como esa especulación mía que lo justifica, me desposo con el movimiento que me transforma en generador de ser, en artesano de ficciones, mientras que mi verbo cosmogónico me hace olvidar que arrastrado por el torbellino de los actos no soy más que un acólito del tiempo, un agente de universos caducos.

Ahítos de sensaciones y de su corolario, el devenir, somos noliberados por inclinación y por principio, condenados selectos, presa de la fiebre de lo risible, husmeadores en esos enigmas superficiales a la medida de nuestro agobio y nuestra trepidación.

Si queremos recobrar nuestra libertad, lo que nos cuadra es deponer el fardo de la sensación no reaccionar ya al mundo por medio de los sentidos, romper nuestros lazos. Empero, toda sensación es lazo, el placer tanto como el dolor, la alegría como la tristeza. Sólo se libera el espíritu que, puro de todo contubernio con seres u objetos, se ejerce en su vacuidad.

Resistirse a la felicidad es algo que la mayoría logra; la desdicha, en cambio, es insidiosa de otro modo. ¿La habéis probado alguna vez? Nunca os saciaréis de ella, la buscaréis con avidez y, preferentemente, allí dónde no está, y la proyectaréis ahí pues, sin ella, todo os parecería inútil y sin brillo. Se encuentre donde se encuentre, expulsa el misterio y lo torna luminoso. Sabor y llave de las cosas, accidente y obsesión, capricho y necesidad, os hará amar la apariencia en lo que tiene de más potente, de más duradero y de más cierto, y os atará a ella para siempre pues, «intensa» por naturaleza, es, como toda «intensidad», servidumbre, sujeción. ¿Cómo alzarse hasta el alma indiferente y nula, hasta el alma desligada? Y ¿cómo conquistar la ausencia, la libertad de la ausencia? Nunca figurará esta libertad entre nuestras costumbres, como tampoco «el sueño del espíritu infinito».

Para identificarse con una doctrina venida de lejos, habría que adoptarla sin restricciones: ¿Cómo se compagina consentir en las verdades del budismo y rechazar la trasmigración, base misma de la idea de renunciamiento? ¿Y suscribir a los Vedas, aceptar la concepción de la irrealidad de las cosas y comportarse como si existieran? Inconsecuencia inevitable para todo espíritu educado en el culto de los fenómenos. Porque debemos confesarlo: tenemos el fenómeno en la sangre. Podemos despreciarlo o aborrecerlo, no por ello dejará de ser nuestro patrimonio, nuestro capital de muecas, el símbolo de nuestra crispación en este mundo. Raza de convulsivos, en el centro mismo de una broma de proporciones cósmicas, hemos impreso en el universo los estigmas de nuestra historia, y de esa iluminación que invita a perecer tranquilamente nunca seremos capaces. Hemos elegido desaparecer por nuestras obras, no por nuestros silencios: nuestro futuro se lee en la risotada de nuestros rostros, en nuestros rasgos de profetas mortecinos y afanosos. La sonrisa de Buda, esa sonrisa que flota sobre el mundo, no ilumina nuestros rostros. A lo máximo, concebimos la dicha; nunca la felicidad, privilegio de las civilizaciones fundadas sobre la idea de salvación, sobre la negativa a saborear sus males, a deleitarse en ellos; pero, sibaritas del dolor, retoños de una tradición masoquista, ¿quién nos columpiará entre el Sermón de Benarés y el Heautontimoroumenos? «Soy la herida y el puñal»: tal es nuestro absoluto, nuestra eternidad.

En cuanto a nuestros redentores, venidos entre nosotros para nuestro mayor oprobio, amamos la nocividad de sus esperanzas y de sus remedios, la diligencia que ponen en favorecer y exaltar nuestros males, el veneno que nos inoculan sus palabras de vida. Les debemos el ser expertos en el sufrimiento sin remedio. ¡A qué tentación, a qué extremos nos conduce la lucidez! ¿Vamos a desertar de ella para refugiarnos en la inconsciencia? Cualquiera puede salvarse por medio del sueño, cualquiera tiene genio mientras duerme: no hay diferencias entre los sueños de un carnicero y los de un poeta. Pero nuestra clarividencia no podría tolerar que tal maravilla durase, ni que la inspiración fuese puesta al alcance de todos; el día nos quita los dones que la noche nos dispensa. Sólo el loco posee el privilegio de pasar sin roces de la existencia nocturna a la diurna: no hay distinción alguna entre sus sueños y sus vigilias. Ha renunciado a nuestra razón como el pordiosero a nuestros bienes. Los dos han encontrado la vía que lleva fuera del sufrimiento y han resuelto todos nuestros problemas; y de este modo permanecen como modelos que no podemos seguir, como salvadores sin adeptos.

Mientras hurgamos en nuestros males los de los otros no nos requieren menos. En la época de las biografías, nadie oculta sus llagas sin que intentemos destaparlas a la luz pública; si no lo logramos, nos apartamos de ellos plenamente decepcionados. E incluso aquel que acabó en la cruz, no cuenta aún ante nuestros ojos en modo alguno por haber sufrido por nosotros, sino por haber sufrido sin más y lanzado unos cuantos gritos tan profundos como gratuitos. Pues lo que veneramos en nuestros dioses son nuestras derrotas en hermoso.

Abocados a formas degradadas de sabiduría, enfermos de duración (durée, T.), en lucha con esa tara que nos repele tanto como nos seduce, en lucha con el tiempo, estamos constituidos de elementos todos los cuales concurren en hacer de nosotros rebeldes divididos entre una mística llamada que no tiene ningún lazo con la historia y un sueño sanguinario que es su símbolo y su nimbo. Si tuviéramos un mundo nuestro, ¡poco importaría que fuese el de la piedad o el de la risotada! nunca lo tendremos, ya que nuestra posición en la existencia se sitúa en el cruce de nuestras súplicas y de nuestros sarcasmos, zona de impureza en la que se mezclan suspiros y provocaciones. Quien es demasiado lúcido para adorar lo será igualmente para demoler, o no demolerá más que sus… rebeliones; pues ¿de qué sirve rebelarse para encontrar de inmediato el universo intacto? Monólogo irrisorio. Se subleva uno contra la justicia y contra la injusticia, contra la paz y la guerra, contra sus semejantes y contra los dioses. Después, se llega a pensar que el último viejo chocho es quizá más sabio que Prometeo. Sin embargo, no se llega a ahogar en uno mismo un grito de insurrección, y se continúa tronando a propósito de todo y de nada: automatismo lastimoso que explica por qué somos todos Luciferes de estadística.

Contaminados por la superstición dcl acto, creemos que nuestras ideas deben realizarse. ¿Qué hay más contrario a la consideración pasiva del mundo? Pero tal es nuestro destino: ser incurables que protestan, panfletarios en un camastro.

Nuestros conocimientos, como nuestras experiencias, deberían paralizarnos y hacernos indulgentes incluso para con la tiranía, desde el momento en que representa una constante. Somos lo suficientemente clarividentes como para sentirnos tentados de deponer las armas; el reflejo de la rebelión triunfa empero sobre nuestras dudas; y aunque podríamos ser unos perfectos estoicos, el anarquista vela en nosotros y se opone a nuestras resignaciones.

«Jamás aceptaremos la Historia»: tal me parece ser el adagio de nuestra impotencia para ser verdaderos sabios o verdaderos locos. ¿Seremos figurones de la sabiduría y de la locura? Hagamos lo que hagamos, respecto a nuestros actos estamos obligados a una profunda insinceridad.

Evidentemente, un creyente se identifica hasta un cierto punto con lo que hace y con lo que cree; no hay en él una divergencia importante entre su lucidez, por una parte, y sus acciones y pensamientos por otra. Tal divergencia se ensancha desmesuradamente en el falso creyente, en quien manifiesta convicciones sin adherirse a ellas. El objeto de su fe es un sucedáneo. Digámoslo sin ambages: mi rebelión es una fe que suscribo sin creer en ella. Pero no puedo dejar de suscribirla. Nunca se meditará bastante la frase de Kirilov sobre Stavroguin: »Cuando cree no cree que cree, y cuando no cree no cree que no cree».

Más aún que el estilo, el ritmo mismo de nuestra vida está fundado sobre la honorabilidad de la rebelión. Como nos repugna admitir la identidad universal, ponemos la individuación, la heterogeneidad, como un fenómeno primordial. Pues bien, rebelarse es postular esa heterogeneidad, es concebirla de algún modo como anterior origen de los seres y de los objetos. Si opongo la Unidad, la única verídica, a la multiplicidad, necesariamente engañosa, si, en otros términos, asimilo lo otro a un fantasma, mi rebelión se vacía de sentido, ya que, para existir, debe partir de la irreductibilidad de los individuos, de su condición de mónadas, de esencias circunscritas. Todo acto instituye y rehabilita la pluralidad, y, confiriendo a la persona realidad y autonomía, reconoce implícitamente la degradación, el despedazamiento de lo absoluto. Y es de éste, del acto, y del culto que le es anejo, de donde procede la tensión de nuestro espíritu, y esa necesidad de estallar y de destruirnos en el corazón de la duración (durée, T.). La filosofía moderna, instaurando la superstición del yo., ha hecho de ella el resorte de nuestros dramas y el pivote de nuestras inquietudes. Añorar el reposo en la indistinción, el sueño neutro de la existencia sin cualidades, no sirve de nada; nos hemos querido sujetos, y todo sujeto es ruptura con la quietud de la Unidad. Quien se ataree en atenuar nuestra soledad o nuestros desgarramientos va contra nuestros intereses y nuestra vocación. Medimos el valor del individuo por la suma de sus desacuerdos con las cosas, por su incapacidad para ser indiferente, por su negativa a tender hacia el objeto. Y de aquí la descalificación de la idea de Bien, de aquí la boga del Diablo.

Mientras vivíamos rodeados dc terrores elegantes, nos acomodábamos muy bien a Dios. Cuando otros, más sórdidos, porque más profundos, se apoderaron de nosotros, precisamos de otro sistema de referencias, de otro patrón. El Diablo era la figura pintiparada. Todo en él concuerda con la naturaleza de los acontecimientos de los que es agente y principio regulador: sus atributos coinciden con los del tiempo. Implorémosle, pues, ya que, lejos de ser un producto de nuestra subjetividad, una creación de nuestra necesidad de blasfemia o soledad, es el maestro de nuestras interrogaciones y de nuestros pánicos, el instigador de nuestros desvaríos. Sus protestas, sus violencias, no carecen de equívocos: ese «gran Triste» es un rebelde que duda. Si fuera simple, de una sola pieza, no nos atañería; pero sus paradojas, sus contradicciones, son nuestras: acumula nuestras imposibilidades, sirve de modelo a nuestras rebeliones contra nosotros mismos, al odio de nosotros mismos. ¿La fórmula del infierno? Es en esa forma de rebelión y de odio donde hay que buscarla, en el suplicio del orgullo derribado, en esa sensación dc ser una terrible cantidad desdeñable, en los tormentos del «yo», de ese «yo» por el que comienza nuestro fin…

De todas las ficciones, la de la Edad de Oro es la que más nos pasma: ¿cómo ha podido rozar las imaginaciones? Y es para denunciarla y por hostilidad contra ella por lo que la historia, agresión del hombre contra sí mismo, ha cobrado empuje y forma; de tal suerte que entregarse a la historia es aprender a sublevarse, a imitar al Diablo. Nunca lo imitamos tan bien como cuando, a expensas de nuestro ser, emitimos tiempo, lo proyectamos fuera y lo dejamos convertirse en sucesos. «A partir de ahora, ya no habrá tiempo»: ese metafísico improvisado que es el Ángel del Apocalipsis anuncia de este modo el fin del Diablo, el fin de la Historia. De este modo, los místicos tienen razón de buscar a Dios en sí mismos o en otra parte, salvo en este mundo del que hacen tabla rasa, sin por ello rebajarse a la rebelión. Saltan fuera del siglo: locura de la que nosotros, cautivos de la duración, somos raramente capaces. ¡Si al menos fuésemos tan dignos del Diablo como ellos lo son de Dios!

Para persuadirse de que la rebelión goza de una honorabilidad indebida basta reflexionar sobre la manera en que se califica a los espíritus ineptos para ella. Se les llama blandengues. Es casi cierto que estamos cerrados a toda forma de sabiduría porque no vemos en ella mas que una blandenguería transfigurada. Por injusta que sea una reacción semejante, no puedo impedir sentirla para con el mismo taoísmo. Aun sabiendo que recomienda el alejamiento y el abandono en nombre del absoluto y no de la cobardía, lo rechazo en el momento mismo en que creo haberlo adoptado; y si doy mil veces razón a Lao-tsé, sin embargo, comprendo mejor a un asesino. Entre la serenidad y la sangre, lo natural es inclinarse hacia la sangre. El asesinato supone y corona la rebelión: quien ignora el deseo de matar, por mucho que profese opiniones subversivas, siempre será un conformista.

Sabiduría y rebelión: dos venenos. Incapaces de asimilarlos ingenuamente, no encontramos en ninguno de los dos una fórmula de salvación. Sigue siendo cierto que en la aventura luciferina hemos adquirido una maestría que nunca poseemos en la sabiduría. Para nosotros, la misma percepción es sublevación, comienzo de trance o de apoplejía. Perdida de energía, voluntad de gastar nuestras disponibilidades. Rebelarse con cualquier motivo comporta una irreverencia contra uno mismo, contra nuestras fuerzas. ¿De dónde sacaríamos para la contemplación ese derroche estático, esa concentración en la inmovilidad? Dejar las cosas tal como están, mirarlas sin querer morderlas, percibir su esencia, nada más hostil a la dirección de nuestro pensamiento; aspiramos, por el contrario, a zarandearlas, a torturarlas, a prestarles nuestros furores. Así debe ser: idólatras del gesto del juego y del delirio, gustamos de los que arriesgan el todo por el todo, tanto en poesía como en filosofía. El Taotekin va más lejos que Une saison en enfer o Ecce Homo. Pero Laotsé no nos propone ningún vértigo, en tanto que Rimbaud y Nietzsche, acróbatas que se contorsionan en el punto extremo de sí mismos, nos invitan a sus peligros. Sólo nos seducen los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido a sus vidas.

No hay salida para quien juntamente rebasa el tiempo y se hunde en el para quien accede sobresaltadamente a su última soledad y se ahínca, sin embargo, en la apariencia. Indeciso, tironeado, se arrastrará como un enfermo de la duración, expuesto juntamente a la atracción del futuro y de lo intemporal. Si creyendo al Maestro Eckhart, el tiempo tiene un «olor», con mayor razón aún debe tener uno la historia. ¿Cómo permanecer insensible a él? En un plano más inmediato, distingo la ilusión, la nulidad, la podredumbre de la «civilización»; empero, me siento solidario de esa podredumbre: soy el fanático de una carroña. Guardo rencor a nuestro siglo por habernos subyugado hasta el punto de acosarnos incluso en el momento en que nos separamos de él. Nada viable puede salir de una meditación de circunstancias, de una reflexión sobre el acontecimiento. En otras edades más felices, los espíritus podían desvariar libremente, como si no perteneciesen a ninguna época, emancipados como estaban del terror de la cronología, abismados en un momento del mundo el cual, para ellos, se confundía con el mundo mismo. Sin inquietarse por la relatividad de su obra, se consagraban a ella enteramente. Estupidez genial irremisiblemente pasada, exaltación fecunda, en nada comprometida por la conciencia descoyuntada. Adivinar todavía lo intemporal y saber, sin embargo, que nosotros somos tiempo, que producimos tiempo, concebir la idea de eternidad y mimar nuestra nada; irrisión de la que emergen no sólo nuestras rebeliones, sino también las dudas que tenemos a su respecto.

Buscar el sufrimiento para evitar el rescate, seguir en dirección contraria el camino de la liberación, tal es nuestra aportación en materia de religión: iluminados biliosos, Budas y Cristos hostiles a la salvación, predicando a los miserables el encanto de su desdicha. Raza superficial, si se quiere. No por ello es menos indudable que nuestro primer antepasado nos ha dejado, por toda herencia, el horror al paraíso. Dando un nombre a las cosas, preparaba su decadencia y la nuestra. Si quisiéramos remediarla, nos haría falta comenzar por desbautizar el universo, por quitar la etiqueta que, superpuesta sobre cada apariencia, la realza y le presta un simulacro de sentido. Mientras, hasta nuestras células nerviosas, todo en nosotros aborrece el paraíso. Sufrir: única modalidad de adquirir la sensación de existir; existir: única forma de salvaguardar nuestra perdición. Así será en tanto que una cura de eternidad no nos haya desintoxicado del futuro, en tanto que no nos hayamos acercado a ese estado en el que, según un budista chino, «el instante vale diez mil años».

Puesto que el absoluto corresponde a un sentido que no hemos sabido cultivar, entreguémonos a todas las rebeliones: acabarán indudablemente por volverse contra sí mismas, contra nosotros mismos… Quizá entonces reconquistaremos nuestra supremacía sobre el tiempo; a menos que, muy por el contrario, queriendo escapar a la calamidad de la conciencia, no nos reunamos con las bestias, las plantas y los objetos, con esa estupidez primordial de la que, por culpa de la historia, hemos perdido hasta el recuerdo.

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quatro mujeres

Enero 11, 2009 · Deja un comentario

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Ni tú ni yo. Ni tú ni yo.

Ni tus cabellos esparcidos aunque los amo tanto.

Sólo esta oscura compañía. Ahora

siento la libertad. Esparce

tus cabellos. Esparce tus cabellos.

["Estar en ti", de Antonio Gamoneda -fragmento]

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esta semana se sentaron a mis piernas cuatro mujeres. las cuatro son bellas y fueron lindas conmigo. dulce de sentirlas, hablé en el oído de todas mientras su perfume entraba a mi pecho a decir el nombre propio y secreto de cada una de ellas, según la estación que significó coincidir. y una era una fruta que sabía con las manos, había la que era un lugar al que nunca he ido pero cuya señal me hace sonreír, a otra la reveló su sombra doblando en las paredes largas como un animal rampante, y estuvo la que será un día que voy a recordar como acontecido de otro tiempo: aquel en el que yo llegué a vivir el día hecho de una mujer.

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pensé en ellas en el insomnio de hoy, cuando advirtiéndome solo y creyéndome casi sin haber visto a nadie, me di cuenta otra vez que incluso he sido feliz y, enseguida, que eso tiene poco o nada que ver con el que yo me acueste o despierte así.

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yo no quiero ni el amor ni la compañía, por sí, ni es mi misión la felicidad –que les antecede y sigue, o no. el amor y la compañía se me antojan a veces como evidencias de algo (por su naturaleza extraña a este orden) más inefable cuanto más reacio a ser descripción. y así como antes ya he intentado decir que el poema sólo es la rebaba de algo así como una visión o una sed, o astillas que dan cuenta de una colisión o partida que no sucede aquí pero que hace de aquí el empotrado de su yacimiento y la transfiguración de nosotros en hangares temblando de ella… así son para mí el amor y la compañía respecto a lo que yo quiero.

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lo que yo quiero es la verdad de ti. antes de que la muerte calle que también tú exististe más allá de este mundo.

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Hubo un tiempo en que mis únicas pasiones eran la pobreza y la lluvia.

Ahora siento la pureza de los límites y mi pasión no existiría si dijese su nombre.

[en Aún, de Antonio Gamoneda]

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instrucciones para un r.o. que no escribí

Enero 8, 2009 · Deja un comentario

2005, diciembre 8. “en primer plano, la bicicleta; en segundo, derribé la tapia; en tercero, hay el surco de un río por el que no corre agua. sobre la resolana aún está calada lluvia

en respuesta: el sonido que hace la lluvia no es el suyo, sino el de las piedras contra las que chasca. las cosas sólidas ofrecen una resonancia que no es la propia; el sonido de suyo, es un mentira. yo debo estar llorando, pero tengo los ojos secos. pero yo casi escucho el río donde no corre agua. qué importa si me hace llorar a cántaros ese sonido que debiera: y no; tal inexistencia forja una decisión más definitiva que las piedras. la dureza, la solidez, lo denso, lo que hace huella o pesa… no son cánones válidos. la realidad no es un parámetro de la vida, sino su paredón.

no es una evidencia de nada, sino el aniquilamiento más rápido de lo que (verdaderamente) es. yo nací en C y nunca he sido de aquí; mi presencia ha venido a confirmar una mentira que se extiende más allá de ella. C es sólo un punto de la mentira que no tiene límites. el derrotero tampoco es este pueblo por sí mismo o singularmente, lo que pasa es que éste también se encuentra en las inmediaciones de el derrotero.

la única condena es la incapacidad para que sean ponderadas, advertidas, las cosas imposibles. el paraíso es verdad porque está limpio de toda existencia. yo amo la verdad, porque mi encuentro con C lo es, y ha acontecido por medio de un instrumento fantasma. yo ya no quiero ni una sola cosa de aquí,

estoy listo”.

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*r.o. – siglas para registro de las omisiones, serie indefinida que tengo años escribiendo (e inescribiendo). éste era el “argumento” de otro capítulo más que no escribí.

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sobre la antiexistencia –o abolición de la realidad

Enero 4, 2009 · Deja un comentario

a Lorena Cantú: a su clarividencia

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2009, enero 3, 23:42 –no sé qué va a pasarme este año. en principio, con el cambio en la cifra de la fecha, nada tiene por qué cambiar: pero yo lo quiero. eso, a pesar de que cada vez espero menos cosas de aquí y (a la vez) cada vez me convenzo un poco más de que voy a seguir aquí, en esta posición y quizá hasta en el mismo departamento. es cierto que cada vez espero menos cosas, pero también que cada vez me convenzo más de que es posible seguir aquí esperando cada vez menos cosas. tengo mis afanes kamikazes y, de pronto, me da por esperar llegar a no esperar absolutamente nada y darme cuenta de que el resto de lo que hay –todo eso que durará con o sin la víspera– seguirá siendo posible.

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aún hay cantos que entonar / más allá de los hombres

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es una línea de Paul Celan en Cristal de aliento escrita con la tristeza de haber vislumbrado una esperanza mayor a la que podría responder cualquier suerte por venir en el destino de los seres. el poema dice, aun así, una esperanza cuya hechura no es terreste… concibe una felicidad posthumana. pero, ¿cómo es que lo ha hecho? el poema hace evidente una insuficiencia en las defensas de la realidad para hacernos verosímil su hegemonía: lo real de la realidad y, sobre todo, el que ésta se limite a las cosas que existen.

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no hay verdadera inspiración que no surja de la anomalía

de un alma más vasta que el mundo

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apunta Emile Cioran en un texto que, a propósito, intitula El equívoco del genio –y la inspiración de la que el poema de Celan da cuenta es una de tal pureza que, por existir,  resulta una afrenta para la psicología y la física. coloca en un ámbito, sin aptitudes para representarle ni medirle, a eso que no sólo no existe, sino que ni siquiera necesita de hacerlo para infringir su vértigo (y la esperanza que significa) en la realidad.

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una oscura pradera me convida (…) su girasol callando

-fragmento; en Enemigo rumor, de José Lezama Lima

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se trata sólo de advertir la operación y actualidad de la antiexistencia. la omisión que (qué bien) no podremos abolir, la frontera a la que el espacio no sabe oponer dimensiones y para la que la realidad no tiene sensibilidad bastante ni, su registro, fidelidad capaz.

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resumen 2008 -o ebrio, o no me importa parecer soberbio

Enero 1, 2009 · Deja un comentario

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desde que aprendí la voluntad, me he esforzado (no sé si con gusto, pero así lo he querido y lo he hecho) por comprender, de la manera más aproximada a la justicia, a los demás… de tal modo que me hecho incomprensible para los demás. y eso ha significado hacerlo tan honestamente que no hay manera de arrepentirse, que ya no puedo dar un paso atrás sin traicionarme ni traicionarlos –a pesar de que yo sea el que no está con ustedes.

(when God created the coffeebreak)

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“influencia”, por charly garcía

Diciembre 29, 2008 · Deja un comentario

influencia

puedo ver y decir,
puedo ver y decir y sentir:
algo ha cambiado.
para mí no es extraño.

yo no voy a correr,
yo no voy a correr ni a escapar
de mi destino.
yo no pienso en peligro.

si fue hecho para mí
lo tengo que saber.
pero es muy difícil ver,
si algo controla mi ser.

en el fondo de mí,
en el fondo de mí veo temor
y veo sospechas
con mi fascinación nueva.

yo no sé bien qué es,
yo no sé bien qué es.
vos dirás: “son intuiciones”,
verdaderas alertas.

debo confiar en mí,
lo tengo que saber.
pero es muy difícil ver,
si algo controla mi ser.

puedo ver y decir y sentir
mi mente dormir
bajo tu influencia.

una parte de mí,
una parte de mí dice -¡stop!
fuiste muy lejos,
no puedo contenerlo.

trato de resistir,
trato de resistir
y al final no es un problema.
qué placer esta pena.

si yo fuera otro ser
no lo podría entender.
pero es muy difícil ver,
si algo controla mi ser.

puedo ver y sentir y decir:
mi vida dormir,
bajo tu influencia.

¡esta extraña influencia!

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rg, por daniel cristán

Diciembre 28, 2008 · 1 comentario

by-daniel-cristan

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tres poemas de Henrik Nordbrandt

Diciembre 27, 2008 · Deja un comentario

|||

|||Septiembre

|||

Ahora lucha mi frágil sombra

contra la luz misteriosa en grava y paja.

Mi bicicleta está oxidándose a la entrada del bosque

como una complicada idea

que uno ha abandonado antes de pensarla hasta el fin

y el sonido del abedul hace añicos mi alma

que ha encontrado su propia agua clara

en torno a la que da vueltas todo el día.

Estoy colgado como una cortina en la brisa

ni dentro ni fuera y proyecto mi sombra

sobre una cama sin hacer

mientras diferentes mujeres vienen de visita

solas o de dos en dos

y me hablan de todos mis defectos.

El lugar, el tiempo y yo

nos jugamos a los dados quién hará esta vez

el trabajo de los demás.

El sol matinal cae en el escalón.

La primera escarcha del año brilla en las sombras.

Yo pierdo

y estoy una vez más solo en el mundo.

|||

|||

|||Piazza Duomo

|||

Otoño, el otoño de los otoños:

La lluvia cae a cántaros a través de la luz.

El bronce se derrite y se solidifica.

La luz cambia de sitio con el bronce.

|||

La muerte cambia de sitio con el bronce

que se derrite y se solidifica.

Los cañones se funden para hacer campanas

y las campanas para hacer cañones.

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El ruido de los cañones fuera de las murallas de la ciudad.

El sonido de las campanas en la plaza.

La lluvia cae a cántaros a través de la luz.

La muerte cambia de sitio con el sonido.

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Espadas convertidas en arados, arados en espadas.

Cañones y campanas.

El estrépito de la guerra sobre campos negros.

El estrépito de Dios en la plaza.

|||

La plaza, el sitio de todos los sitios.

La idea de un sitio

en otoño, el otoño de los otoños.

La muerte cambia de sitio con la idea.

|||

La plaza está vacía. La lluvia cae a cántaros.

Los cañones se van acercando.

Las campanas se oyen ahora constantemente:

La idea de Dios. Es otoño.

|||

Campanas en cañones. La plaza de Dios

donde está la iglesia. La lluvia muerta.

Los cañones se oyen ahora todo el tiempo.

La plaza está vacía. Es otoño.

|||

La idea de un sitio: El sitio de Dios

está vacío. Las campanas suenan.

La muerte ha cambiado de sitio con el bronce.

La muerte ha cambiado de sitio con el sonido.

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La muerte ha cambiado de sitio con la idea:

La idea de Dios, la idea de la Muerte,

el Dios de todos los dioses, la Muerte de todas las muertes.

La Muerte ha cambiado de sitio con el sitio.

|||

Es otoño. Llueve a cántaros.

|||

|||

|||Una vida

|||

Encendiste una cerilla y su llama te cegó

de manera que no pudiste encontrar en la oscuridad lo que buscabas

antes de que la cerilla se consumiese entre tus dedos quemándote

y el dolor te hiciera olvidar lo que buscabas.

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carrousel

Diciembre 23, 2008 · Deja un comentario

parezco entrar en tu casa de noche.

las paredes humedecen el ámbito de límite.

recorro habitante lentitud submarina. ella se apila

en el último: en el más reciente escalón infringe sombra

adentro de la sombra. hay cajas negras. y hay

cajas negras en las habitaciones como al interior

de un vuelo cuyas esquirlas marchan continuas desocupadas

franjas en cielo por el aire, hace tiempo. hace cuántos yacen

en el cielo diamantes nuevos que la omisión pule.

la frontera entre su objeto y el resplandor es una vitrina cutánea

a sus tejidos adiposo es el anverso del fulgor —¿has visto

mariposas golpeando el candado cristalino? creen entrar en la luz,

¿pregunto? escuchan en el golpe de su cuerpo la música de los accesos

y la manifestación de cercanía

corroe su materia dolorida de tránsito que, en un momento más, chascará

de parte del calor. a la carne del ojo el brillo sólo parece confirmar algo

de su correspondiente noción primaria. muertas naturalezas

muertas faunas aladas sujetas en el cuadro diáfano ingrave

por un clavo y sedales que lágrimas al ojo son, péndulo

al reloj. así yo soy en tu extensión pero un colmo rodante, así yo soy

mágico instalado en tu limbo y alveolado solar, semejante a un golpe

cíclope en cuyo impacto coloca el ojo abierto su visión

ahincada por las ráfagas: yo ya sólo puedo ver cosas veloces

huidas, saltos, desbarrancamientos. una suerte de rojos

tu corazón extirpa o exhibe barrenado por

las planas exfoliadas de la ubicua

flor neutral de aquesta insolación: significa mi acontecimiento y que soy yo

una de tus cajas negras. en incremento del espacio el péndulo se izó

cometa: mujer, hay (por lo menos) una nube.

duele abrir esta burbuja en tu oscuridad y mi mano en esta

agua intacta sumergida por doquier estrecha el lado único.

materia ceñida (o) actitud de isla, arena trenzada con espuma son

los pájaros puntuales las estrellas cerezas que retrazan

pululan y contraen hirviendo fibrosos esta fronda. ahora: la maravilla

no es ésa en facultad de árbol, sino la

previamente sombra inexplicable que no la requirió.

se adivinan hormigas amarillas allí donde un follaje debió dejar pasar el sol.

cargan las de sus fragmentos hendidas veces en la espalda como una

cruz que el otoño no —¿existe el otoño?

¿harán esperar hasta él el hambre? ¿pacerán en suma esa paciencia?

pero volvamos a la flor. el cielo está verde de ver desgañitarse

ese jardín hacia allá lanzar su carrera, donde (quizá) el otoño…

reincidamos pequeña, detalladamente, como un rayo al mismo sitio.

en foco está ya el mínimo común múltiplo del jardín: esta flor

surte de un núcleo que no ve: incluso atina

la impresión de isoglosas. tu constitución en acto.

otras chispas flechan ciegas donde aún no has sido

y deslabran del gran puzzle la orilla de tus hombros o

acaban por rezurcir un collar donde pondría los besos.

de esa misma llama suena la nervazón que se vislumbra

vertirse entre tus cabellos repartida, desde un cántaro

flexible todavía en muchos filamentos idéntica al frisar

su resquemor: esto amo. lo que indicia por partir el cielo

en el cielo con el cielo. el hangar latente nuevo asomar

cuando todo ha volado —debo detener estos clavos que no

cesan de ocurrir ahí donde se los dejó.

crecen los muebles hirientes desde su presunto empotrado pasivo.

hay animales aquí siameses que viven anteriores

uno detrás del otro (su mano y la cometa donde jamás

termina el viento) sin alcanzarse nunca.

el espacio sucede a penas entre ellos en esta playa llena

de pelotas cristales que no rompen la ventana reiterada

gotas enormes que el tornasol adora y una y otra vez repasa

untando grosor aceitemente: ello espeta nácares esmaltes

más cerca de la páramos disponible a cualquier

cosa en acción y efecto de guijarro, pero cada vez más

lejos del ojo emisor, la flor oblicua, deslindada —lo sé: se cierne falsa

esta profusa limpidez agresiva. obtendrá de revés un carbón —¿varios?

en el ojo que cierra madura su mentira de piedra con ese fin.

te he abierto en mis ojos, en eso me llagas de hacer.

cuchilla cuyo filo está en brillar: puedo cerrar los ojos, puedo

si quiero, estrellarlos con tu imagen en estas paredes

de movedizo oasis y con quirurgia muñones cercenar estas gotas

añicos en que los que cabe quebrar la duración del espejo

en que narciso perdura muerto y eco nunca existió.

pero me gusta verte intentar el daño.

voy a darte el tiempo para reunirte, napalm desencadenada.

entre ráfagas que la bengala desrayó es oportuno entreverar

dulces en tus fisuras agitadas —hola:

en punto de las 6 he identificado una caja negra en tránsito

de mi clavícula a mi voz. guarda en su compartimento

actos semejantes a que

has volado en mil pedazos,

serpentinas blancas y rojas incrustadas en el pabellón —no pasa nada

a lo más, las incisiones del muro están satinadas de sorpresa, ni los pedazos

gozan de averías. en resumen, el caramelo está reconstruido y

listo para volver a explotar en esta improvisada

circunstancia en las inmediaciones del meteoro. así tú misma

apareces desnuda en casa. ni más lejos ni más veloz.

ahora estás bailando en mi garganta y por fin

yo voy a tocar en ti cantar el tiempo hacerse sensación

y la sensación animales claros, amplias habitaciones

circulares escaleras que de perfil parecen de perfil un caracol

y suenan como el mar adentro de uno.

tengo ganas de besarte en los oídos las canciones ante estas

cómodas luces en que varias veces cabría el sol. luces en que tú, las

luces en que, tanto, tú

tú: sí.

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“crujidos”, de nacho vegas

Diciembre 19, 2008 · Deja un comentario

crujidos

“Y si no encuentras fuerzas para salir de aquí
yo las sacaré de donde sea, y seguiré sin ti”
Me dijiste algo así con voz grave y resignada,
me grabé tus palabras y me vestí listo para comenzar.

Día uno en pie, comienzo a andar,
he de aguantar, lo puedo hacer.
El día dos avanza hasta el final
y llega el día tres, lo vuelvo a estropear.
Así que vuelta a empezar.

Día uno en pie, no he de pensar,
ya es día 2, Alprazolam,
comienzo a hablar y no me hago entender,
y llega el día tres, lo vuelvo a estropear.

No preguntes ni por qué ni por qué no,
sólo yo sé el motivo y no es bonito.

Me mudaré a otro sitio, me iré de esta ciudad,
pero ahora es de mí mismo de donde me quiero escapar.

No me des flores cuando aquí hay lirios y rosas,
las querré el día en que ya no quede una sola.
Entonces, ¿me complacerás?
Y dime, ¿cómo lo harás?

Día uno en pie, ¿qué puedo hacer
para encontrar restos de fe?
El tiempo pasa doloroso y lento
y luego en un momento lo vuelvo a joder.
Y entonces vuelta a empezar…

Día una en pie, siento pensar
cómo evitar sentir, pensar,
morir de sed y beber del mar
y al segundo día he vuelto a fracasar.

Si te miento no será por mezquindad,
estas penas siempre llegan por torpeza.

Día uno en pie, ¿qué puedo hacer
sino esperar verlo acabar?
El día terminó con un crujido,
me despierto herido y grito en soledad.

Que es jodido ya lo sé,
pero no es dramático,
esto no es tan trágico,
esto no es un drama, no,
te diré mil cosas por las que llorar…

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950-8

Diciembre 15, 2008 · Deja un comentario

|||||||hace más silencio que humo |aquí. mi ||casa es una

||||||||||||||niebla hablada por |||||el testigo de lo que no

||||||||||||||ocurrió, de lo que ||no|| ha ocurrido durante

||||||||||||||7 años|||||| esta isla de|| siberia que| desafía

||||||||||||||la aptitud de cuanto mar de|||  |||agua hecho

||||||||||||||hay:  | de   a n t i n i e v e||suceso i||nnegable

||||||||||||||cuya sombra es francamente este vívido frío

||||||||||||||por el que mi |||||||temblor aguarda ||||||su

||||||||||||||confirmación con ||||||||||||algo parecido al

||||||||||||||cierzo, correspondiente  a|algo semejante a

||||||||||||||punto de los||||||32 grados de diciembre en

||||||||||||||méxico este domingo donde||||vivo. no hay

||||||||||||||muebles que ||||||descansen a lo que sube y

||||||||||||||yace como un ||||||||plafón que acerca a mi

||||||||||||||cabeza el tiempo como una ||||||corona del

||||||||||||||domingo rey a |||||||cambio de vivir donde

||||||||||||||mismo que yo no. aquí el||||||||domingo es

||||||||||||||habitante.||pero esta vez tengo 2|||años de

||||||||||||||

||||||||||||||venir aquí.  estoy muriéndo-me de tránsito.

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