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a mi hermano, Carlos Guajardo
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escribo bajo una lámpara. en un cuarto solo, de madrugada, sobre madrid. como en los clisés —súmesele a esto que quien lo escribe soy yo
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la música que hace en mi oído es suficiente
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en incertidumbre, pensé en acuñar mi destino como una moneda, y ponerla en las manos de Dios. eso, hace un momento
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el desierto, junto, hace otro. todos los días, mi memoria —se deshoja: si pienso el aire, se ha puesto lacio en la estela de tu cabello. molinos de castaña
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[ soñé que sacaba uvas del cabello de ilinca ]
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sigue la imagen del domingo en amanece soleado. como si lloviera rayos frescos, suave
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fue una moneda el movimiento de los panes. de los peces, lo fusiforme, un movimiento. y del vino, un pez
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escarlata: tiene más de tres lados. en la mano sólo cabe uno; entre los dedos revientas todas las cuerdas posibles de una guitarra
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el aire es el sitio del cambio. la harina lo es del hambre. el animal en la boca del mar, hecho sangre, clarea
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mi padre cortaba hierba para que mi hermano y yo jugáramos en el patio. nosotros lo hacíamos adentro, o no jugábamos. la cosa era simple y verde —el cariño
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un árbol que hablaba poco entre sí, levantado en quietud. una robusta alegría, austera
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yo salía ahí cuando llovía o corría mucho aire. hacía tanto calor en el verano
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el aire de este cuarto se apila de horas. entonces toma color: es malva por la tarde; por la noche, violeta: la vívida sensación de la resolana
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suena poroso. la fibra, crisa de barro sobre sepia, los campos (armonía) esas vetas de rojo
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he visto algunas noche enteras, hasta el amanecer. algo pasaba y cae el sol: hay cosas así
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por mi ventana entra poco viento —hay otras que no
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tengo triste el corazón o muy lejos. la célula de ser piel, tendiera tanto
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ahí mismo
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veo una bandera surcar agitándose. deja esquirlas de viento. el pájaro cruza una
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se ha puesto amarillo lo que cantaba con volar
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son palabras. los vagones de un tren, por cada ventana entraba
una y otra vez, consecutivo el bosque. hasta el último
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el tren pasó. lo que enseguida vino, fue el viento todo de un solo golpe
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frente a los rieles ya no quedó bosque, tampoco hay detrás
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algo, sin embargo, estaba pasando encima, justo en ese momento
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de los rieles se desprendieron una a una las tablas, férreamente, y los clavos subieron al sol. cuando quedaron sólo dos y y una tabla, ya estaba completo
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un cuadrado de árboles. la copa del central era más grande que los tres, y su verde
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el uno sólido
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vi, en primavera, por el centro de una manzana, cruzar todo el este. desde yo no sé dónde
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una mitad de la manzana estaba en mi mano derecha, la otra era un tigre
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las ráfagas tranversales velozmente del cuerpo del tigre es una de un poema —hecho de más— que perdí
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del otro lado. sal en blanco, el animal. óseo lo fondo: tumba
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lo que flor es. —el tiempo, futuro
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carne la forma, ya que sangre la palabra. el silencio es una —dos o tres es alguna vez plural el absoluto
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escultura al aire de vísceras, si isladas. una espada de audio, el ala clara. himnos de mediodía
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los viernes, dos veces, una por cada canto, el martes en el filo que lo hiende entre lunes y miércoles, jueves y las seis de la tarde distribuidas sobre hojas de ámbar, si es otoño. o no, la luz se ase de los huesos de diciembre, escarpa al cierzo de anillos, el sábado. neptuno, el agua: claro,
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las nuevas vidas
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[Madrid: 2004]
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